sábado, 4 de febrero de 2017

La independencia

La Independencia


Los preparativos empezaron la noche del nueve de mayo, allá, en El Tumbador, municipio de San Marcos, en la bocacosta, cuando se celebró la primera reunión de alcaldes municipales de pueblos guatemaltecos adyacentes a la frontera con México, quienes anhelaban y consideraban obtener del vecino país energía eléctrica de mejor calidad y más bajo precio que la que en ese momento obtenían de parte de las monopólicas y desastrosas empresas que prestaban el servicio en Guatemala.

El Licenciado Gabino Roquena, gobernador del Estado de Chiapas, había hecho formal ofrecimiento en cuanto a proporcionar a dichos municipios, y a cuantos más así lo desearan, energía eléctrica de calidad y en condiciones sumamente favorables, según sus palabras, amparado en el Plan Puebla Panamá que el presidente del vecino país echó a andar un par de años atrás.

Estaban en esa reunión, en carácter oficial, los alcaldes de la mayoría de municipios de San Marcos, Quiché, y Huehuetenango. En calidad de observadores, los gobernadores departamentales de esos departamentos, y como invitados especiales, diversas autoridades municipales de Tapachula, Puerto Madero y Comitán, México.

Fue el señor alcalde Ovandes quien hizo los señalamientos más fuertes en contra del servicio de energía eléctrica que recibían. Señaló, con pruebas documentadas y contundentes, las graves deficiencias que el servicio presentaba y el gran daño que causaba a la economía de su municipio. Los cortes de energía: repentinos, frecuentes y de larga duración, incluso de hasta tres o cuatro días, incidían en la pérdida por descomposición, debido al calor, de todos aquellos productos alimenticios tales como pollo, leche, pescado, carnes, helados, cremas, mantequillas y similares. Paralizando incluso las fábricas de hielo que abundaban en la región por las características propias del clima. Por supuesto, tal pésima calidad dañaba también aparatos electrodomésticos y, con ello, aún más la economía de los hogares.  

Las palabras de apoyo y solidaridad no se hicieron esperar. El señor alcalde Damante expuso, con toda claridad, la pérdida de vidas humanas, principalmente neonatos, quienes debido a la ausencia de energía eléctrica no podían aprovechar las incubadoras artesanales que frecuentemente precisaban. Además, mencionó la cuantiosa pérdida de vacunas y sueros que debían mantenerse a bajas temperaturas para su conservación.

Intervino entonces el señor alcalde Porales, quien agregó que el daño por los problemas de energía no únicamente se circunscribía a los hogares, sanatorios y clínicas privadas, sino también alcanzaba a los miles de comercios que expendían productos alimenticios y a las incipientes industrias de confección y proceso de alimentos que intentaban abrirse paso y establecerse en la región.

Fue sin embargo el alcalde Moncas quien directa y abiertamente sugirió que de una vez por todas se mandara por un tubo a la distribuidora de energía, ya que todos, desde muchos años atrás, sabían y conocían de las limitantes y pésimo servicio, así como del altísimo costo, que las citadas distribuidoras ofrecían a los municipios y habitantes de la región. Propuso, a la vez, que se hiciera algo en concreto y de una buena vez esa misma noche, en pro de la conexión eléctrica con el vecino país del Norte.

Indudablemente, otros alcaldes iban con ideas políticas aún más ambiciosas, por lo que criticaron también el abandono en que sus comunidades se encontraban respecto a escuelas, hospitales, carreteras, comunicaciones y desarrollo en general.

El alcalde Florantes se quejó del poco apoyo que recibía su gestión municipal para impulsar y desarrollar un centro de salud para su comunidad, ya que carentes a la fecha del tal, para auxiliar a sus enfermos y heridos, los habitantes tenían que recurrir a la población más cercana, distante tanto como cuarenta kilómetros en camino de tierra, lodo y piedras, sufriendo además con el consecuente desgaste del vehículo que utilizaban como empírica ambulancia. La pérdida de vidas por el tiempo empleado y lo poco transitable de la ruta alcanzaba ya cifras alarmantes.

A propósito de caminos de tierra, dijo el alcalde Gomala, nosotros hemos hecho la solicitud de asfalto para el tramo entre Coatepeque y nuestro municipio desde hace cuatro gobiernos, y nadie, absolutamente nadie, nos ha tomado en cuenta. Actualmente, para ir a Coatepeque y abastecerse de diversos productos de primera necesidad, nuestros vecinos deben circunvalar varios municipios y realizar un recorrido que toma treinta y cinco kilómetros y dos horas de camino, cuando menos. Si el tal asfalto lo hubieran puesto hace ocho años, cuando se solicitó por última vez, los estudiantes que día a día acuden a los institutos y colegios de Coatepeque podrían ahorrar, además del tiempo en viaje, cuatro o cinco quetzales diarios. Dicho ahorro, al año, significaría para los vecinos de mi municipio varias decenas de miles de quetzales.

Sí, y a nosotros tampoco se nos ha atendido ni respondido la solicitud que hicimos para un instituto de educación técnica, el cual nos prometió el presidente ese de la luna blanca, cuando vino a hacer campaña política, cerca de doce años atrás, enunció el alcalde Breñas.

Uno a uno, finalmente, todos los alcaldes manifestaron airadamente su inconformidad contra el gobierno central, yendo mucho más allá de la problemática a tratar, que en un principio era tan sólo el calamitoso servicio de energía eléctrica.

Como invitados especiales, los funcionarios ediles de las ciudades del vecino país del Norte manifestaron su solidaridad para con los veintiséis alcaldes ahí reunidos. Los gobernadores, por su parte, no podían dar crédito a lo que escuchaban. Les parecía más bien un movimiento de rebeldía hacia el gobierno central que una sencilla reunión para tratar el tema de la energía eléctrica.

Tal apreciación por parte de los gobernadores la percibieron los propios alcaldes, por lo que en aras de preservar ese espíritu de grupo nunca antes visto, y antes de que dicho fuera sofocado por alguna artimaña política, acordaron reunirse nuevamente en posterior oportunidad, con el pretexto de tratar el tema de la energía. Esa nuevas reunión se llevaría a cabo en fecha y lugar aún no determinado. Posteriormente se les notificaría.

Indiscutiblemente, quien manejaba al grupo y logró fomentar ese espíritu de unión y solidaridad entre ellos, fue el alcalde Fabian Logrado.

Logrado nació y se formó durante la época de la guerrilla que asoló la región. Desde pequeño le tocó vivir entre el zumbido de balas que disparaban viejos fusiles M-1 y mortíferas armas galil de fabricación israelí, por un lado, y potentes y amenazadores AK47 soviéticos, por otro.  

Le tocó ver cómo frente a él desfilaban cadáveres y cadáveres de conocidos y desconocidos que desaparecían con vida y aparecían sin ella, ametrallados, a bordo de palanganas de pick ups y camiones que los trasladaban desde los lugares de su muerte hasta el pueblo, ya para su identificación, ya para su sepultura, pero en todo caso, como firme muestra y mensaje de lo que le sucedía a quienes se identificaban con una novedosa forma de pensamiento social, en aquel entonces, en aquellas áreas.

Fabian Logrado también heredó de su padre, un líder revolucionario en las décadas de los cuarenta y cincuenta, el carácter indómito y las agallas necesarias para hacerle frente a cualquier adversidad. Tanto así que no en pocas oportunidades estuvo en problemas con la autoridad local, en su pueblo, durante la adolescencia. Aún ahora, Fabian Logrado era respetado, con cierto temor, tanto por sus mismos correligionarios como por el resto de vecinos en su comunidad, a pesar incluso de ser un hombre en sumo apegado al Derecho y a la ley.

No se podía rebatirle mucho pues, con la ley en su mano derecha y el conocimiento y sentido común en la izquierda, reprendía fuertemente a quienes no estaban en su línea de pensamiento social revolucionario, sin llegar a ser dogmático. Más bien su temple y tosquedad, que siempre infundían miedo, eran consecuencia del dolor que le embargaba ver a sus paisanos sumidos en la miseria económica, social, clínica y mental en que se encontraban. 

Cavilaba en el porqué de una guerra interna que durante cerca de cuarenta años asoló al país y no había logrado nada, ya que nada había cambiado. Tantas muertes, familias desgarradas, sufrimiento y dolor habían sido en vano, decía. 

No aceptaba las drásticas diferencias que existían entre esas miles de gentes que habitaban los municipios, aldeas y fincas de la región y las otras, quienes nunca aparecían por dichas áreas y que, probablemente, ni siquiera habrían de saber que aquellas existían.

La gente de su pueblo se moría por un simple catarro, una gripe o una diarrea y nadie parecía poder hacer algo al respecto y ponerle fin de una buena vez.

Logrado viajaba todas las semanas a la ciudad capital para hacer gestiones y trámites en pro de su municipio ante el Congreso, el Presidente de la República, embajadas y organismos internacionales. Anhelaba para su pueblo un hospital, una ambulancia, escuelas y sanatorios para las aldeas, personal para que los atendieran y vacunas, médicos y demás.

Siempre regresaba con ofrecimientos formales de parte del gobierno; sin embargo, con el correr del tiempo, se había dado cuenta de que quedaban sólo en ello: ofrecimientos.

Eran los organismos internacionales quienes le ayudaban, sin embargo, también el trámite para canalizar la ayuda hasta su comunidad muchas resultaba engorroso, dificultoso, y no pocas veces, sujeto a mala práctica o corrupción por parte de los propios funcionarios de gobierno.

Ese enorme cúmulo de problemas, angustias y necesidades le hacían soñar frecuentemente con un municipio en el que abundara tanto la educación que no hubiera nadie sin ostentar diploma de bachiller; en el que la salud fuere cual peste cubriendo a todo mundo; en el que los niños fueran niños y no adultos chiquitos; en el que hombres y mujeres vivieran realmente como seres humanos.

Debido a ello, cuando Fabian Logrado se enteró de esa reunión de alcaldes, no pudo disimular su alegría y entusiasmo, ya que con ella se le presentaba la oportunidad que anhelaba para crear el movimiento social que anhelaba.

Fue en febrero de ese mismo año cuando recibió de parte del gobernador del Estado de Chiapas la invitación para participar en la mesa redonda que trataría acerca de los beneficios que podían obtener los nuevos clientes del sector eléctrico de México, comprendidos dentro del Plan Puebla Panamá. Dicha mesa redonda se llevaría a cabo durante la Feria Internacional de Tapachula, a celebrarse en el mes de marzo.

En esa ocasión, Logrado tuvo la oportunidad de estrechar lazos de amistad, y criterio político en particular, con Moncas, Gomala, Florantes y Breñas.

Los cinco alcaldes continuaron reuniéndose con regular frecuencia y cierta discreción en pro de un proyecto político de enormes dimensiones y trascendencia para el área. Insospechado por completo para el resto de políticos y autoridades del país.

Para lograr llevar a cabo su plan, Logrado y sus correligionarios debían contar con el apoyo de cuando menos otros ocho alcaldes de los departamentos de Quetzaltenango y Retalhuleu, específicamente.

Con tal propósito, en ocasión de las ferias patronales de sus respectivos municipios, invitaban a los alcaldes de diversos municipios de esos departamentos. Durante las mismas, evaluaban la probable disponibilidad de sus invitados para adherirse a ellos en su secreto proyecto político en ciernes.

En el salón municipal, precisamente el día de la santa patrona del pueblo, Logrado pudo contar con dos nuevos aliados a su proyecto. Ambos de Quetzaltenango.

El playas de Tilapa, frente al océano Pacífico, una lluviosa tarde de domingo tuvo la oportunidad de adherir a su proyecto a otros tres alcaldes. Dos de Retalhuleu y uno más de Quetzaltenango. Gomala y Breñas los habrían convencido previo de participar con ellos en el Plan Occidental, como empezaron a llamar al secreto proyecto.

Justo tres días antes de la reunión en El Tumbador, el 9 de mayo, Logrado reunió al equipo completo de correligionarios, alcaldes todos, y les presentó con detalle el proyecto completo. Eran en total dieciséis, incluyendo a Logrado, los que se reunieron.

En aquel lugar, secreto aún hoy, se comprometieron a trabajar en pro de un proyecto separatista de la región territorial formada por los departamentos de San Marcos, Huehuetenango, Quiche, Quetzaltenango y Retalhuleu, con el propósito de formar un nuevo país, completamente independiente de Guatemala, México o cualquier otro.

Su intención era crear un nuevo país de esa parte del territorio Guatemala, separado y ajeno, tanto en lo político como en lo social, lo económico, lo militar y lo gubernamental.

Llevaría por nombre La Prosperidad, y como primer paso para su formación redactarían una constitución política que rigiera las funciones del nuevo gobierno. Para el efecto, tomaron como base la de Guatemala, salvo por siete artículos completos que fueron eliminados y otros cuatro en los que únicamente se cambiaron ciertas palabras que daban lugar a confusión en su interpretación. El resto, simplemente fue sometido a una rigurosa revisión gramatical.

La gran diferencia, aseveraba Logrado, no estaría en la constitución propiamente, sino en su verdadera aplicación, ya que de nada serviría tener una mil veces mejor si no se aplicaba correctamente.

De tal suerte, ese 9 de mayo, allá en El Tumbador, empezó la labor de concienciar a los otros alcaldes respecto a la indiferencia con que eran tratados por el gobierno central, preparándolos así, para posteriormente ofrecerles la solución a todos los problemas que sus comunidades afrontaban. 

La siguiente reunión se celebró a los pocos días, durante el mes de junio, en las playas de Puerto Madero, y a ella se invitó única y exclusivamente a aquellos alcaldes y personalidades que habían dado muestras de ser proclives a un proyecto tan audaz. De tales dimensiones y envergadura política.

Para agosto de ese mismo año, Logrado contaba ya entre sus filas con 46 alcaldes del occidente del país. Todos totalmente dispuestos a afrontar hasta las últimas consecuencias su ansiado proyecto separatista que daría vida a La Prosperidad.

Finalmente, luego de 16 meses desde aquella primera reunión en Tapachula, y cuando las copiosas lluvias del invierno más castigaban la región, Logrado y sus correligionarios, que para entonces ya alcanzaban cerca de 125 entre alcaldes, gobernadores departamentales, secretarios y uno que otro diputado y particulares muy bien escogidos, organizaron las acciones necesarias para emancipar la región occidental y proclamar así su posición independista respecto del gobierno de Guatemala.    

Con el apoyo de gentes de confianza, empezaron a regar la buena nueva, la cual corrió como pólvora dentro de sus comunidades, pero sin salirse de su cause. En pocos días, miles de conciudadanos occidentales estaban preparados para instalar sendas barricadas y destruir puentes para impedir la esperada  movilización de tropas hacia la región. Se solicitó, días antes, la presencia de la ONU, MINUGUA, OEA y la prensa internacional en lo que serían los nuevos límites fronterizos que demarcaban.

Logrado, Moncas y Breñas, en compañía de las cámaras de los principales noticieros del mundo, previa concertación, se acercaron al entonces Presidente de la República para entregarle el manifiesto de separación y a la vez constitución de la nueva república de La Prosperidad.  

Cuando finalmente la noticia fue de dominio público, los nervios y la agitación social parecían estallar. A ambos lados del nuevo límite fronterizo, millares de guatemaltecos esperaban las órdenes del presidente a través de la cadena nacional de radio y televisión que se esperaba a los pocos minutos u horas de recibir aquel manifiesto, ya para atacar, ya para defenderse según el bando a que cada cual pertenecía.

En los cuarteles y bases militares sonaban los tambores de guerra con un intenso clamor. Tanques y carros blindados salían de dichas instalaciones en dirección al occidente del país. Aviones de combate de la fuerza aérea sobrevolaban la ciudad de Guatemala y desaparecían en los alrededores de los volcanes de Agua y Fuego, en dirección hacia México.

La totalidad de tiendas, mercados, almacenes y centros de comercio cerraron sus puertas a pesar del abarrotamiento de personas en búsqueda de víveres ante el inminente estallido social.

A los pocos minutos el país quedó sumido en un silencio absoluto. Nadie en las calles. Todo despejado, por completo. Únicamente se desplazaban por las principales arterias vehículos verde olivo de los cuarteles ubicados en la ciudad.

Se intuía, eso sí, consultas por parte del Presidente con otros Estados de la comunidad internacional y seguramente con los Estados Unidos para saber si ese grupo de ciudadanos del occidente del país contaba con algún apoyo desde el extranjero.

Se rumoreaba que el Presidente se encontraba ya en Retalhuleu negociando una rendición sin violencia mientras otros argumentaban que había renunciado ante la enorme presión. No pocos, sin embargo, conjeturaban que se encontraba organizando un férreo y mortal ataque militar en contra de los sublevados.

Finalmente, luego de varias horas de angustiosa espera, el señor Presidente Constitucional de la República de Guatemala apareció ante las cámaras de televisión nacional, que bien pudo haber sido mundial por la magnitud y envergadura del evento, y calmo y pausado, anunció:

“Estimados conciudadanos, como ya es de dominio público, un grupo de respetables vecinos provenientes del occidente del país, en representación, según documentos oficiales, de 87 alcaldes, se presentaron el día de hoy en el despacho presidencial para manifestarme mediante un acta signada por la totalidad de dichos alcaldes su definitiva decisión de separarse totalmente de la gestión de gobierno que ejerzo y obtener a la vez su independencia respecto de la República de Guatemala, formando un nuevo país que llaman La Prosperidad.

En mi calidad de gobernante – continuó su discurso – no me dejan otra opción más que declararles en este preciso instante mi más profundo respeto y admiración por tan valiente decisión. Sin embargo, me veo en la necesidad de establecer que, como condición previa a otorgarles el beneplácito de mi gobierno, incluyan en su movimiento independista a los departamentos de Totonicapán, Sololá, Alta Verapaz, Baja Verapaz y Chimaltenango; y a la vez, desistan de incorporar al departamento de Retalhuleu. Otorgándoles para el efecto de tal reorganización hasta un máximo de nueve meses, que son los que me quedan de gestión presidencial. Cuando ustedes cumplan, si lo hacen, lo cual esperamos y ansiamos, a partir de ese momento los departamentos de Quetzaltenango, San Marcos, Huehuetenango, Totonicapán, Quiché, Alta y Baja Verapaz, Sololá y Chimaltenango obtendrán su independencia y por lo tanto podrán formar el nuevo país La Prosperidad, sin incluir, como ya señalé, a Retalhuleu. Sigan adelante, y que Dios los bendiga.



FIN