SOS...

 

Sueños e ilusiones de una paupérrima mayoría llevaron a un poco conocido Capitán a abordar la nave para la cual ¡oh sorpresa! no estaba preparado para capitanear.

Así las cosas, pero ante la premura y las exigencias mismas, a como pudo, el Capitán consiguió algunos alféreces de corbeta y otros capitanes de fragata, tanto como dos o tres de saco y corbata para que le ayudarán a maniobrar la nave que aquella paupérrima mayoría le encomendó, e intentar así rescatar de entre las pantanosas aguas del lago de la realidad aquella enorme carga que la nave arrastraba: el país, y llevarlo con urgencia a seguro puerto. El plan era perfecto; aunque solo era: el plan.

Sí, pues pronto se percató el Capitán que de entre aquel sucio lago emergían a cada instante gran cantidad de enormes y macizos escollos que él debía sortear con diligencia, agilidad e inteligencia para no estrellarse y zozobrar, aunque la continua aparición, inmensa e intensa aparición de estos, no pocas veces a punto de descalabrar por completo el casco y con ello hundir su valiosa carga, obligaba a que no pocos ciudadanos entre la carga se asomaran a la borda y, haciéndole de remos con sus manos, se esforzaran en intentar mantener el rumbo y avanzar.

Enormes y escarpadas rocas así como gruesos troncos a la deriva, algunas con disfraz de política, de justicia otras e incluso de fuerte y firme persecución penal contra el delito alguna, emergían desde las profundidades en todo rumbo, tanto a babor como a estribor, con evidentes ansias de destrozar la proa de aquella ya maltrecha embarcación y hacer zozobrar su viaje, con el claro propósito de tomar por asalto su mando y dirección, sin importar que su valiosa carga: el país, se perdiera por completo.

Por si fuera poco, a cada cuantos metros el lago se hundía entre profundos sumideros desde cuyas altas orillas las pandillas del crimen, el delito, el narcotráfico y el contrabando lanzaban contra la pequeña nave innumerable cantidad de cadáveres, paquetes de polvo blanco, miles de productos contrabandeados, armas y demás, incluso leyes y acuerdos, tanto como indiferencia y mediocridad burocráticas como disfraces, con el claro propósito de hundirla. Aprovechaban, además, que entre los de fragata y corbata tenían ya no pocos hipócritas aliados.

Por si fuera poco, todo esto sucedía en tanto la embarcación navegaba entre fortísimas corrientes foráneas impuestas, aunque ignorantes por completo de la cultura de la carga: tanto de DDHH como de globalismo, clima, refugiados y migración, entre otros, las cuales se arremolinaban contra la endeble embarcación que el equipo se esforzaba por capitanear, zarandeando la carga a uno y otro lado.

A lo largo de todo el pantanoso lago, a pesar que no se veían cocodrilos, tiburones o medusas siquiera, pues la amenaza no era de animales salvajes sino por el contrario: de animales sabios, navegar se tornaba cada vez más peligroso, poniendo en permanente riesgo su valioso cargamento: el país.

Desde las altas riberas en los sumideros, muchísimos delincuentes se lanzaban directamente hacia la carga: el país, y a plomo, balazos y asesinatos, tanto en moto como en avioneta, intentaban con denuedo hundir la carga, para que esta arrastrara hacia las profundidades a la nave y a su Capitán. Nada les era más importante que ello: hundir la nave y ahogar al Capitán. 

Sin embargo, luego de evitar innumerables veces el naufragio, el Capitán se percató que su equipo de alféreces y capitanes de quienes se rodeaba no solo no era suficiente ni capaz sino tampoco estaba preparado para ayudarle en la conducción profesional de la nave, y menos aún para contener aquel embate, los escollos, las pandillas y las corrientes traicioneras, por lo que se vio obligado a gritar… SOS.

Y entonces…    

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