El Escritor bendecido
¡Escritor...? ¿Cómo diablos piensas dedicarte a escribir sabiendo que no tenemos ni para comer? —fue la respuesta que Santiago obtuvo de su padre cuando le confesó su ilusión por dedicarse a las letras.
¡Ya es hora que pongas los pies en la tierra y nos
ayudes! Mira a tu pobre madre. Está a punto de morir... y vos perdiendo el
tiempo con esos sueños de ser escritor. ¡Cuán insensato eres! — terminó de
vociferar el encolerizado padre.
¡Pues bien, pondré los pies en la tierra, pero mi
cabeza continuará pensando con que algún día seré escritor! —respondió el joven
Santiago, esforzándose por disimular el desaliento que aquellas palabras le
causaban. Con los ojos húmedos, vidriosos, y conteniendo un llanto que se
desbordaba, se dirigió a su habitación.
Iba triste... completamente abatido por aquellas
duras palabras que echaban por tierra su inmenso deseo por dedicarse al
maravilloso oficio de las letras; sin embargo, entre dientes, aceptaba que su
padre tenía razón. Aquel oficio estaba reservado para los de alta alcurnia;
para quienes podían darse el lujo de prescindir de ingresos durante largo
tiempo. Él, todos ellos, su familia entera, no. Jamás. Ellos eran pobres. Y él
debía aceptar su cruda realidad. Debía tomar nuevamente su serrucho, su
martillo, sus clavos, y continuar con su humilde oficio de carpintero.
Colérico y triste, pero más aún, frustrado y
tragándose una a una sus lágrimas, su furia y su dolor, se dirigió por el
corredor que lo llevaba hacia su modesta habitación.
Justo cuando pasaba frente a la puerta del cuarto donde
se encontraba postrada su madre enferma, le pareció escuchar el débil silbido
con que ella acostumbraba llamarle. De inmediato se detuvo, y enjugándose sus
ojos con los puños para ocultar su llanto, se acercó a la puerta. La entreabrió
con sumo sigilo y asomó apenas su cara dentro para comprobar si efectivamente
ella le había llamado.
A pesar del fresco viento que afuera prevalecía, en
ese instante sintió cómo se estrellaba contra su rostro mismo una bocanada de
la densa atmósfera encerrada. Un calor húmedo, pegajoso, mezclado con los
olores del Vick, la naftalina y los orines inundaban por completo el ambiente
de aquélla penumbrosa habitación.
Cubierta con raídas y descoloridas sábanas de algodón
y con la mortífera huella de un cáncer que por más de tres meses la carcomía, a
medias se lograba divisar a doña Juana acurrucada en su lecho. En realidad,
dado lo seca que estaba, lo consumido de su ya diiminuido cuerpo, aquella cama
parecía más bien estar solamente desarreglada, sin nadie en ella.
Desde ahí, aún
bajo el umbral de la puerta misma, Santiago escuchó otra vez, aunque muy
tenue, que ella efectivamente le llamaba con su singular silbido. Abrió
entonces poco más la puerta, justo para dejar pasar solamente su cuerpo, y se
dirigió hacia el lecho de aquella desmejorada y lánguida mujer que sobrevivía
penosamente sus postreros días, luego que todos daban ya por perdida su batalla
contra la terrible enfermedad.
La tenue luz de la lámpara sobre la mesa de noche
iluminaba pobremente el entorno.
Cuando Santiago llegó a la orilla de la cama, se
sentó justo a su par, y extendiendo su brazo, posó su tibia palma sobre la
cenicienta y gélida frente de aquella anémica mujer, diciendo —¡Si, madre? dime
—
En tanto esperaba la respuesta, con sufrimiento
observó el largo y descuidado cabello completamente cano de aquella otrora
vigorosa mujer. Sus pequeños ojos, extintos casi, emergían apenas de entre
verdecidas aureolas. En su costado derecho, al otro lado de donde él se
encontraba, una bolsa plástica transparente recibía un extraño líquido verdoso
a través de un tubo que salía de entre las sabanas. Esa bolsa era la inequívoca
señal para Santiago del acelerado deterioro de su madre, pues apenas en la
mañana de ese mismo día, cuando temprano había ido a verla para comprobar su
estado y darle los buenos días, aún no la tenía.
Vio también sobre la mesa de noche varias cajas con
pastillas de diversos tamaños y colores, frascos con distintos jarabes
medicinales y un vaso con agua a medio llenar. Una taza de porcelana completamente
vacía se encontraba en el otro extremo.
Con sumo esfuerzo, la moribunda madre logró al fin
tomar entre sus delgadas y endebles manos las de él, y entre su persistente
ataque de tos y el ahogo que hablar le producía, con voz casi inaudible y relamiéndose
los resecos labios, logró preguntar — Hijo, ¿por qué está gritando tu papá?
¿qué es lo que lo ha enojado tanto? —
Cuando Santiago terminó de explicarle los hechos, la
débil madre, desde su mismo lecho de enferma y realizando un enorme esfuerzo,
extendió con compasión y dulzura sus temblorosos brazos e invitó con sus ojos a
media luz a que el joven muchacho se refugiara en su regazo.
Él, silencioso, trémulo, reposó su cabeza sobre el
pecho de la agonizante mujer y se entregó por completo a aquel reconfortante
abrazo. Cuando sintió las débiles y enjutas manos sobre su cabeza intentando
aún revolverle los cabellos como ella agitadamente lo hacía apenas unos cuantos
meses antes, Santiago no pudo contener más las lágrimas que de mucho atrás llevaba
dentro. Brotaron. Se escurrieron como silente manantial por sobre la flácida y
delgada piel del pecho de aquella pobre mujer. Ella, aunque realmente sin poder
hacerlo de verdad, sin siquiera lágrimas, también lloraba. Lloraba por dentro.
Hijo, — escuchó Santiago que dificultosamente
balbuceaba su madre entre su seca tos y el perenne ahogo que hablar le causaba—
si tú quieres ser escritor, no te preocupes, tienes mi bendición. Prométeme
solamente que te dedicarás a ello con todo tu corazón. Que te esforzarás por
ser un escritor noble, de buenos principios. Amante y practicante de la verdad,
en todo momento.
¡Gracias, madre linda! ¡Claro que sí! ¡Claro que así
lo haré! Te lo prometo. —respondió el joven.
Justo en ese momento, sintiendo que ella le abrazaba
contra su regazo con todo el corazón que aún tenía, le escuchó decir —Entonces
¡que Dios te bendiga!, hijo mío. ¡Cuando lo logres, yo estaré aplaudiéndote! —
Súbitamente, aquel fuerte abrazo cesó.
FIN
Le has encontrado el gusto a esto. Me alegro. A ver cuando veo publicado tu primer libro.
ResponderEliminarAbrazos desde lejos para un hombre cercano
Tou, gracias. Acá en Guatemala es harto difícil, pues el valor de lectura es ínfimo. Además, no soy hombre de relaciones, y eso lo hace más difícil aún. Por ello ahora este medio, con la esperanza de tropezarme frente a un editor que luego me lea y le agrade, y entonces.
ResponderEliminar¿Y tú, cómo vas? ¿Qué tal el magnífico jardín? ¿Y el blog?
Saludos.