lunes, 10 de julio de 2017

El animal

Luego de varias horas tras sus huellas y haberlo visto a la distancia en dos ocasiones previas, por fin tengo el gozo de sentir muy cerca a mi furtiva presa.

Lentamente, con el rifle veintidós preparado en mis manos para disparar en el momento preciso, avanzo con sumo sigilo en pos de ella por entre los mangales, plantillas de banano y pomarrosales que, abundantes, se esfuerzan por sombrear y refrescar la calurosa región de la boca costa.

Son cerca de las tres de la tarde. Es decir que sin mucho sentirlo llevo ya varias horas de andar tras ella; justo desde cuando el sol salió allá, por entre las cimas de los volcanes que se ven desde el poblado de San Bernardino. A pesar de la hora, el sol aún arde. Quema.

En tanto sigo las huellas y avanzo cauteloso por entre barrancos y veredas, a ratos a la sombra, a ratos bajo el sol, cuido de no pisar alguna de las miles de ramas y hojas secas esparcidas, dado que a mi paso seguramente crujirían con gran estruendo y ahuyentarían a la codiciada presea en que mi furtiva presa se ha convertido.

Ya varias veces he tenido que secarme el abundante sudor que de mi frente escurre a causa del clima candente de la región y la emoción que me ocasiona sentirme tan seguro de mi inminente triunfo como novel cazador. Además, mi cantimplora ya casi no tiene agua, por lo que también anhelo llegar pronto a algún río. 

Me obligo a avanzar sigiloso, quedo, conteniendo mi agitada respiración, aunque con mis ojos vigilantes y oídos atentos, prestos, dispuestos a ver o escuchar hasta el más leve resoplo, esforzándome por identificar la ubicación precisa de aquel hermoso animal, o cuando menos, para verlo nuevamente, aunque nuevamente sea  a la distancia.

Sorpresivamente, árboles y matorrales desaparecen frente a mí y llego a la orilla de un enorme descampado. Parece ser un extenso potrero para ganado. Sí, en el aire flota ahora un aroma a tierra seca, a polvo, y por momentos percibo oleadas de olor de excremento de vacas.

El sol me pega de lleno en la cara y en el pecho, y la sed me atormenta, pero debo seguir. Retroceder ahora sería un enorme descrédito a mi espíritu vencedor. Además, el último río lo atravesé hace cerca de dos horas.

La tierra ya no es suave y húmeda como lo era allá atrás. Ahora más bien parece una áspera torta de cemento térreo, incapaz de dejarse marcar por pisada alguna. No hay huellas, y esto me hace difícil seguir al animal. 

Estoy desconcertado. No sé a ciencia cierta por dónde se ha ido, aunque creo que debe haber seguido por este lado. No veo otro sendero ni pastos doblados en los alrededores. ¡Sí! Aquí hay excremento, y no es de vaca. Además, está fresco. Muy fresco. ¡Qué bien! Probablemente no hace ni diez minutos que pasó por acá.

Levanto la vista y me hago sombra con la palma de la mano para ubicarlo a la distancia, pero no. No lo veo. No está. Seguramente llegó ya hasta aquella joya, allá, entre los árboles. Por las gaviotas que plácidas vuelan sobre las frondosas copas pienso que también pasa por ahí algún río.

En tanto me aproximo, escucho el alegre alboroto y griterío de las pericas que ahora surcan el cielo, y apenas audible, el suave y continuo shbr shbr shbr de aguas que corren entre piedras.

Gracias a Dios he llegado. Ya no soportaba un minuto más bajo ese ardiente sol. Y la sed me atormenta.

El río, riachuelo mejor dicho, sereno, serpenteante entre piedras y recovecos, brinda un agradable toque de frescura al recóndito rincón del potrero en que me encuentro. Las copas de los árboles, altas y frondosas, escuetamente dejan pasar algunos rayos del abrasador sol. Es un verdadero oasis.

Las huellas de mi furtiva presa, ahora en lodo, son muy frescas e impecables. Con claridad me indican que el venado se encuentra ahí no más, muy cerca; quizá detrás del tarral que está río abajo. ¡Sí! hacia ahí van sus huellas. Seguramente está saciando su sed.

Aunque no lo veo, presiento que el codiciado animal está ahí. Sé que está ahí. ¡Tiene que estar ahí¡

También ha de estar cansado — pienso falsamente ilusionado.

Antes de ir por él, con sumo sigilo y en cuclillas sobre la orilla del río, refresco mi cara y sacio mi seca garganta con esa agua fresca y cristalina que seguramente brota pocos kilómetros arriba. Lleno nuevamente mi cantimplora mientras pienso y observo cuidadosamente los alrededores para identificar por dónde acercarme hasta aquel animal.

Si el compadre Salvador no se hubiera dado por vencido tan pronto y me hubiera acompañado hasta acá, me ayudaría a identificar mejor por dónde acechar, pues tiene mucha experiencia. ¡Cabrón que es, me dejó solo! Pero bueno, le demostraré que también soy bueno para estos menesteres. Siempre anda presumiendo de su puntería y todo lo que caza. Ya verá cuando regrese con este animal al hombro. ¡Puta...! Ojalá que no pese tanto.

Un ruido entre los matorrales y las hojas de las puntas de delgados tarros moviéndose me regresan al sitio e instintivamente dejo de pensar, como temiendo que aquél escuche mis pensamientos. Ahora solamente observo, trato de identificar con mayor precisión por dónde está. Por dónde anda.

Despacio, me levanto nuevamente y empiezo a avanzar con mucha cautela, centímetro a centímetro, palmo a palmo. Intento bordear el tarral. Entre tanto, me pregunto si cuando finalmente tenga al animal frente a mí será necesario hacer todo el movimiento de subir el rifle desde la altura de mi cintura, donde cómodamente lo llevo sostenido, hasta mi hombro, para apoyarlo y así apuntarle con mayor precisión; o si por el contrario, me arriesgo a dispararle con el rifle desde ahí abajo. Me preocupa que huya cuando perciba esos movimientos para subir el arma.

El sudor nuevamente chorrea abundante sobre mi rostro, por lo que con mínimos y suaves movimientos apenas me seco, o pienso que me seco, ya que mi pañuelo realmente se ha convertido desde mucho atrás en un verdadero estropajo. ¡Cómo no lo lavé y exprimí en la poza! —  me lamento, en tanto que lo vuelvo a meter a medias entre la bolsa trasera de mi pantalón..

Seguramente ahora estoy mucho más cerca. Las pericas y las urracas no alharaquean más, y el río parece haberse detenido. Un absoluto silencio envuelve el paraje. Silencio que me permite escuchar incluso, cual tambor de guerra, el latir palpitante y estrepitoso de mi corazón.

Continúo. Casi que a medio pie por vez, dado que no quiero arriesgarme luego de casi diez horas de andar como el gato y el ratón a perder la oportunidad de finalmente darle caza. Avanzo quedo, casi sin moverme, hacia el paraje detrás del tarral en que seguramente aquel se encuentra.

Voy por la derecha, pues así no moveré mucho el rifle ni mi cuerpo cuando sea preciso apuntarle. Estiro mi cuello, mis ojos. Es en momentos como este en los que quisiera poder ver a través de las paredes. Aunque en este caso, de los tarros.

Mis pasos continúan siendo firmemente lentos para no ahuyentar a lo que pronto, anhelo, ansío, será mi presa.

Finalmente, luego de un par de eternos minutos, me encuentro ante él. Está justo frente a mí. A pocos metros. Gracias a Dios, no me he equivocado. Está aquí.

Es bello, imponente. De aterciopelada piel color miel. Su lomo se alza poco más del metro y medio y en la cabeza ostenta estupendas cornamentas. Como lo imaginé, está bebiendo. Está en posición perfecta para acertarle sendo plomazo en su sien derecha. Esto, si tuviera ya el rifle a la altura de mi ojo; pero no, aún lo tengo abajo, a la cintura.

¡Cuidado! Seguramente ha sentido mi presencia ya que levanta su cabeza de entre las aguas. Si, seguro se ha percatado de que estoy aquí pues hasta voltea a verme. ¡Uf...! ¿Qué hago...? ¡Calma! Debo permanecer quieto. Quietísimo para no ahuyentarlo. Aunque no lo veo inquieto. Ni siquiera intenta escapar. Permanece quieto, al igual que yo. Aunque lo noto más bien impávido. Despreocupado. Será ciego, pienso falsamente por un instante. Seguramente el aire está a mi favor. No me huele. No me detecta.

Sin embargo, para mi sorpresa e intriga, ahora miro que me mira. Nos miramos. Sí; y a pesar de ello, no se mueve un solo centímetro. No nos movemos. Aunque yo en realidad me siento tensamente estático, paralizado; veo que él simplemente luce tranquilamente impávido.

Aún dudo en dispararle con el rifle abajo, a la altura de mi cintura. ¿Lo subo y le apunto tal y como el manual del cazador indica?. Vacilo. ¡No sé qué hacer!. Él, en tanto, ni siquiera se inmuta. Es más, vuelve a agacharse y mete reiteradamente su lengua entre el agua del río.

¡Qué bruto es este animal! —pienso.

Lentamente, muy lentamente, voy subiendo el arma hacia mi hombro. Él levanta nuevamente su cabeza desde la poza y me ve de reojo. Me detengo un instante con el veintidós a medias. Él baja otra vez su cabeza y continúa bebiendo. Nuevamente intento subir el veintidós. Él sigue bebiendo. Finalmente, logro apoyar el rifle en mi hombro. El venado no ha volteado más a verme. Continúa impávido, bebiendo sin prestarme la más mínima atención.

Bebe totalmente ajeno a mi rifle, al dolor, a la muerte, al instante. A mí. A todo lo que en este momento mi presencia ahí debería significar para él.

Lo tengo justo en el centro de la mira y la yema de mi índice acaricia suavemente el gatillo. Un leve jalón de mi dedo y ¡pum...!, inmediatamente lo veré abatido. Quizás se revuelque y gima de dolor durante algunos instantes, pero nada más. Sin embargo, como no dándome importancia alguna, como si mi presencia ahí en realidad no significara nada para él, el majestuoso animal levanta su cabeza de entre las aguas por enésima vez y se voltea completamente sobre sus cuatro patas para verme directo a la cara. Osa enfrentarme, aunque percibo claramente que sin ninguna intención de atacarme. Aunque tampoco de huir.

¡Pero qué bruto es este animal! —pienso otra vez.

Con absoluta precisión distingo ahora, totalmente en el centro de la mira de mi rifle, la mancha blanca que de entre el miel de su piel resalta poco arriba del medio de sus ojos: justo la frente.

Nos separan no más de seis o siete metros.

Inesperadamente siento que sudo. Que sudo aún más. Sí... tiemblo, vacilo. Él, en tanto, permanece igual. Totalmente impávido. Simplemente, como queriendo saber qué es aquello que frente a sí tiene.

Sus ojos reflejan curiosidad, y a la vez son extrañamente ingenuos. Pienso que ha de ser la primera vez que se encuentra frente a frente con un ser humano. Incluso veo que inclina su cabeza levemente hacia la derecha, como intentando  descifrar desde ese otro ángulo quién o qué soy.

Súbitamente, justo ahora que no hay más nada ni nadie entre él y yo; cuando el silencio es total, absoluto, percibo que con su ingenuo mirar y despreocupado estar, el venado me dice abiertamente que aunque él es la presa, el animal soy yo, ya que él, tranquilo, en paz, en armonía con la naturaleza, nada me hace, en tanto yo...

Sin saber a ciencia cierta si estuve a punto de ser un animal más... o un humano menos, sonrío, bajo el rifle, lo contemplo durante otro par de minutos y luego me doy media vuelta y emprendo el largo camino de regreso a casa.

De reojo veo que continúa bebiendo.


FIN

sábado, 7 de enero de 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL DESEO DE NAVIDAD

EL DESEO DE NAVIDAD
¡Está bien, lo haremos! —respondió finalmente, aunque muy quedo y con un enorme nudo en la garganta, conteniendo apenas las lágrimas, don Juan, ante la insistencia e inocente algarabía de los pequeños Javier y Elisa esa tarde del 24 de diciembre por apresurarse a hacer aún el nacimiento, justo en el rincón de la sala de la casa, para recibir al Niño Jesús durante la noche de Navidad, tal como antes lo habían hecho, cuando su mamá vivía.
Sin embargo, para él, esta navidad era totalmente distinta. 

Por mucho que se había esforzado por animarse e infundir en sus hijos el espíritu navideño e ir al mercado y conseguir algunas uvas y manzanas, así como un pollo y algunas papas que él mismo cocinaría para sus pequeños hijos, en tanto también cuidaba de la apenas bebé, María, la inminente llegada de la cohetería, las luces y la misa del Gallo, pero sobre todo, de las marmóreas ausencias de la inquieta sonrisa y los presurosos pasos de Ana así como de los aromas de las esquisitas viandas que solía cocinar para la cena de navidad, se arremolinaban ahora en su mente, en sus pensamientos, en ese nudo en su garganta, sin saber a ciencia cierta qué hacer, menos aún, cómo ocultarlo a los niños.

Los pequeños, dada su corta edad, y luego de cerca de seis meses de la pérdida de su madre en el momento del parto de María, al parecer sentían más entusiasmo por revivir lo que recordaban de la navidad con ella, quizá incluso que estaría de vuelta, a sentir tristeza alguna por su ausencia. De cierto modo, don Juan, según él mismo creía, había logrado que el enorme peso de dicha ausencia no fuera tan lacerante para ellos.

Sin embargo, en ese instante, se debatía entre vivir la alegría de los niños o el tormento de la ausencia de quien fuera su golondrina, como cariñosamente llamaba a Ana. Por fortuna, en algún momento de luz, reflexionó: la navidad es para los niños. Con lo que recogió los ánimos desperdigados sobre el piso y se predispuso para, otra vez, asumir su responsabilidad de padre e intentar hacerlo con el rol de madre.

Con la pequeña María acurrucada en sus brazos, se levantó de la silla en el cuarto donde descansaba y se asomó a la sala, donde con cierto entusiasmo pidió a Javier, quien llegaba  ya a los ocho años de edad, que sacará de entre el armario el pequeño portabebé de mano; y a la pequeña, Elisa, quien apenas cumplió 5 en octubre, algunas colchas. Pondrían a María envuelta entre las chamarras en el portabebé de madera que él mismo había hecho desde cuando Javier estaba por nacer, para tenerla a su lado en tanto ellos hacían el nacimiento para el niño Jesús.

Javier, educado por su padre desde muy pequeño en los oficios de la carpintería y la mecánica, era un niño avezado y muy independiente. Elisa, en tanto, con largos rulos de cabellos dorados cayendo sobre sus colorados cachetes, era toda una princesa que con sus ojitos diáfanos aún pregunta por su mamá.

Él mismo llevó poco después hasta la sala la enorme caja de cartón que contenía lo necesario para armar el nacimiento. Pronto, las cajas pequeñas, que contenían aserrines y papeles de distintos colores, musgo, trozos de vidrio, algunos cuantos pequeños muñecos y, claro, el pesebre y los demás adornos, inundaban la sala rodeando a la pequeña María, quien inocente, dormía plácida entre su diminuto aparejo.

El más activo era Javier, pues una vez la caja grande estuvo vacía, él mismo, y solo, la volteó, la puso en la esquina y le tendió encima el manto, tal como hacía su madre, para construir sobre él, el nacimiento. Sin embargo, dado el avance de la tarde, noche casi, y que aún no cocinaba el pollo y las papas para la cena, don Juan lo instó en ese momento a hacer solo la mitad del nacimiento que hacían cuando ella dirigía, y llevaba, la batuta.

Previendo que accidentalmente podrían lastimar a María con algún movimiento, don Juan levantó el pequeño portabebé y lo llevó hacia el otro rincón. A dos o tres metros de donde ellos empezaban la faena.

A pesar que cada detalle que construían del nacimiento les recordaba a Ana, fuera porque alguno de los dos decía que así era como ella lo hacía, o no lo hacía, padre e hijo se entretenían, aunque sin dejar de observar a Elisa y María, máxime porque según la mayor, se dedicaba mejor ahora al cuidado de la bebé. Su hermanita. Aunque a cada instante se levantaba de su lado, se acercaba a ellos, tomaba algo de entre las cajas y el revoltijo de cosas y piezas, y se retiraba nuevamente a cuidar a su hermanita.

El río y los dos lagos simulados con aserrín de color azul, con sus vidrios encima, quedaron al lado derecho, y el camino de los pastorcitos, trazado con pequeñas piedrecitas, subía desde izquierda.  El pesebre lo colocaron justo en la parte más alta, donde mejor se apreciaba, rodeado de musgo. Un volcán hacia izquierda y luego un puente.  Dado que en esta ocasión era de menor tamaño, empezaron a sobrar piezas, sin embargo, cuando quisieron colocar al buey y la mula, no los encontraron.

Pero, sí me acuerdo que los saqué, decía don Juan. En tanto Javier decía que él no se recordaba de haberlos visto.

De pronto, al unísono, ambos advirtieron que probablemente Elisa los había tomado, con lo que se levantaron de sus lugares, pero al momento de voltear a verla, ella no estaba al lado de María. La bebé estaba sola, tan profundamente dormida como la habían visto minutos antes.

Don Juan y Javier se vieron mutuamente, preguntándose a la vez dónde estaba María. En el mismo instante que escucharon ruidos que salían desde la habitación principal. De inmediato se dirigieron hacia ahí.

En la habitación, sobre la cabecera de la cama, estaba puesta la estrella de Belén. El buey y la mula, cada uno en una de las pequeñas mesas de noche a los costados de la cama, y sobre el piso, uno detrás de otro, en camino desde la puerta hacia la cama, los Tres reyes Magos. Todo dispuesto tal cual Ana, su mamá, lo hacía en el nacimiento del niño Jesús.

—Yo quiero que mi mami nazca otra vez. —Decía la pequeña niña entre sollozos.
FIN

sábado, 15 de octubre de 2016

Gratuito en PDF

En apoyo a la página fb/propuesta: Movimiento Mundial por la Paz, he decidido compartir de manera libre y gratuita el libro de mi autoría, El Hombre Tetrarmónico, el cual pregona la necesidad de despertar conciencia en nosotros, como seres humanos, acerca de PAS: paz, armonía y solidaridad, para asegurar, más allá de la convivencia armónica, la supervivencia misma de la humanidad en el planeta.




Quienes deseen recibirlo en formato pdf, simplemente escribanme un mensaje y con gusto se los envío a su correo electrónico.

Está disponible en: elhombretetrarmonico.blogspot.com

lunes, 22 de febrero de 2016

Microcuento

Ella era una hormiga.
Él, un oso hormiguero.