lunes, 10 de julio de 2017

El animal

Luego de varias horas tras sus huellas y haberlo visto a la distancia en dos ocasiones previas, por fin tengo el gozo de sentir muy cerca a mi furtiva presa.

Lentamente, con el rifle veintidós preparado en mis manos para disparar en el momento preciso, avanzo con sumo sigilo en pos de ella por entre los mangales, plantillas de banano y pomarrosales que, abundantes, se esfuerzan por sombrear y refrescar la calurosa región de la boca costa.

Son cerca de las tres de la tarde. Es decir que sin mucho sentirlo llevo ya varias horas de andar tras ella; justo desde cuando el sol salió allá, por entre las cimas de los volcanes que se ven desde el poblado de San Bernardino. A pesar de la hora, el sol aún arde. Quema.

En tanto sigo las huellas y avanzo cauteloso por entre barrancos y veredas, a ratos a la sombra, a ratos bajo el sol, cuido de no pisar alguna de las miles de ramas y hojas secas esparcidas, dado que a mi paso seguramente crujirían con gran estruendo y ahuyentarían a la codiciada presea en que mi furtiva presa se ha convertido.

Ya varias veces he tenido que secarme el abundante sudor que de mi frente escurre a causa del clima candente de la región y la emoción que me ocasiona sentirme tan seguro de mi inminente triunfo como novel cazador. Además, mi cantimplora ya casi no tiene agua, por lo que también anhelo llegar pronto a algún río. 

Me obligo a avanzar sigiloso, quedo, conteniendo mi agitada respiración, aunque con mis ojos vigilantes y oídos atentos, prestos, dispuestos a ver o escuchar hasta el más leve resoplo, esforzándome por identificar la ubicación precisa de aquel hermoso animal, o cuando menos, para verlo nuevamente, aunque nuevamente sea  a la distancia.

Sorpresivamente, árboles y matorrales desaparecen frente a mí y llego a la orilla de un enorme descampado. Parece ser un extenso potrero para ganado. Sí, en el aire flota ahora un aroma a tierra seca, a polvo, y por momentos percibo oleadas de olor de excremento de vacas.

El sol me pega de lleno en la cara y en el pecho, y la sed me atormenta, pero debo seguir. Retroceder ahora sería un enorme descrédito a mi espíritu vencedor. Además, el último río lo atravesé hace cerca de dos horas.

La tierra ya no es suave y húmeda como lo era allá atrás. Ahora más bien parece una áspera torta de cemento térreo, incapaz de dejarse marcar por pisada alguna. No hay huellas, y esto me hace difícil seguir al animal. 

Estoy desconcertado. No sé a ciencia cierta por dónde se ha ido, aunque creo que debe haber seguido por este lado. No veo otro sendero ni pastos doblados en los alrededores. ¡Sí! Aquí hay excremento, y no es de vaca. Además, está fresco. Muy fresco. ¡Qué bien! Probablemente no hace ni diez minutos que pasó por acá.

Levanto la vista y me hago sombra con la palma de la mano para ubicarlo a la distancia, pero no. No lo veo. No está. Seguramente llegó ya hasta aquella joya, allá, entre los árboles. Por las gaviotas que plácidas vuelan sobre las frondosas copas pienso que también pasa por ahí algún río.

En tanto me aproximo, escucho el alegre alboroto y griterío de las pericas que ahora surcan el cielo, y apenas audible, el suave y continuo shbr shbr shbr de aguas que corren entre piedras.

Gracias a Dios he llegado. Ya no soportaba un minuto más bajo ese ardiente sol. Y la sed me atormenta.

El río, riachuelo mejor dicho, sereno, serpenteante entre piedras y recovecos, brinda un agradable toque de frescura al recóndito rincón del potrero en que me encuentro. Las copas de los árboles, altas y frondosas, escuetamente dejan pasar algunos rayos del abrasador sol. Es un verdadero oasis.

Las huellas de mi furtiva presa, ahora en lodo, son muy frescas e impecables. Con claridad me indican que el venado se encuentra ahí no más, muy cerca; quizá detrás del tarral que está río abajo. ¡Sí! hacia ahí van sus huellas. Seguramente está saciando su sed.

Aunque no lo veo, presiento que el codiciado animal está ahí. Sé que está ahí. ¡Tiene que estar ahí¡

También ha de estar cansado — pienso falsamente ilusionado.

Antes de ir por él, con sumo sigilo y en cuclillas sobre la orilla del río, refresco mi cara y sacio mi seca garganta con esa agua fresca y cristalina que seguramente brota pocos kilómetros arriba. Lleno nuevamente mi cantimplora mientras pienso y observo cuidadosamente los alrededores para identificar por dónde acercarme hasta aquel animal.

Si el compadre Salvador no se hubiera dado por vencido tan pronto y me hubiera acompañado hasta acá, me ayudaría a identificar mejor por dónde acechar, pues tiene mucha experiencia. ¡Cabrón que es, me dejó solo! Pero bueno, le demostraré que también soy bueno para estos menesteres. Siempre anda presumiendo de su puntería y todo lo que caza. Ya verá cuando regrese con este animal al hombro. ¡Puta...! Ojalá que no pese tanto.

Un ruido entre los matorrales y las hojas de las puntas de delgados tarros moviéndose me regresan al sitio e instintivamente dejo de pensar, como temiendo que aquél escuche mis pensamientos. Ahora solamente observo, trato de identificar con mayor precisión por dónde está. Por dónde anda.

Despacio, me levanto nuevamente y empiezo a avanzar con mucha cautela, centímetro a centímetro, palmo a palmo. Intento bordear el tarral. Entre tanto, me pregunto si cuando finalmente tenga al animal frente a mí será necesario hacer todo el movimiento de subir el rifle desde la altura de mi cintura, donde cómodamente lo llevo sostenido, hasta mi hombro, para apoyarlo y así apuntarle con mayor precisión; o si por el contrario, me arriesgo a dispararle con el rifle desde ahí abajo. Me preocupa que huya cuando perciba esos movimientos para subir el arma.

El sudor nuevamente chorrea abundante sobre mi rostro, por lo que con mínimos y suaves movimientos apenas me seco, o pienso que me seco, ya que mi pañuelo realmente se ha convertido desde mucho atrás en un verdadero estropajo. ¡Cómo no lo lavé y exprimí en la poza! —  me lamento, en tanto que lo vuelvo a meter a medias entre la bolsa trasera de mi pantalón..

Seguramente ahora estoy mucho más cerca. Las pericas y las urracas no alharaquean más, y el río parece haberse detenido. Un absoluto silencio envuelve el paraje. Silencio que me permite escuchar incluso, cual tambor de guerra, el latir palpitante y estrepitoso de mi corazón.

Continúo. Casi que a medio pie por vez, dado que no quiero arriesgarme luego de casi diez horas de andar como el gato y el ratón a perder la oportunidad de finalmente darle caza. Avanzo quedo, casi sin moverme, hacia el paraje detrás del tarral en que seguramente aquel se encuentra.

Voy por la derecha, pues así no moveré mucho el rifle ni mi cuerpo cuando sea preciso apuntarle. Estiro mi cuello, mis ojos. Es en momentos como este en los que quisiera poder ver a través de las paredes. Aunque en este caso, de los tarros.

Mis pasos continúan siendo firmemente lentos para no ahuyentar a lo que pronto, anhelo, ansío, será mi presa.

Finalmente, luego de un par de eternos minutos, me encuentro ante él. Está justo frente a mí. A pocos metros. Gracias a Dios, no me he equivocado. Está aquí.

Es bello, imponente. De aterciopelada piel color miel. Su lomo se alza poco más del metro y medio y en la cabeza ostenta estupendas cornamentas. Como lo imaginé, está bebiendo. Está en posición perfecta para acertarle sendo plomazo en su sien derecha. Esto, si tuviera ya el rifle a la altura de mi ojo; pero no, aún lo tengo abajo, a la cintura.

¡Cuidado! Seguramente ha sentido mi presencia ya que levanta su cabeza de entre las aguas. Si, seguro se ha percatado de que estoy aquí pues hasta voltea a verme. ¡Uf...! ¿Qué hago...? ¡Calma! Debo permanecer quieto. Quietísimo para no ahuyentarlo. Aunque no lo veo inquieto. Ni siquiera intenta escapar. Permanece quieto, al igual que yo. Aunque lo noto más bien impávido. Despreocupado. Será ciego, pienso falsamente por un instante. Seguramente el aire está a mi favor. No me huele. No me detecta.

Sin embargo, para mi sorpresa e intriga, ahora miro que me mira. Nos miramos. Sí; y a pesar de ello, no se mueve un solo centímetro. No nos movemos. Aunque yo en realidad me siento tensamente estático, paralizado; veo que él simplemente luce tranquilamente impávido.

Aún dudo en dispararle con el rifle abajo, a la altura de mi cintura. ¿Lo subo y le apunto tal y como el manual del cazador indica?. Vacilo. ¡No sé qué hacer!. Él, en tanto, ni siquiera se inmuta. Es más, vuelve a agacharse y mete reiteradamente su lengua entre el agua del río.

¡Qué bruto es este animal! —pienso.

Lentamente, muy lentamente, voy subiendo el arma hacia mi hombro. Él levanta nuevamente su cabeza desde la poza y me ve de reojo. Me detengo un instante con el veintidós a medias. Él baja otra vez su cabeza y continúa bebiendo. Nuevamente intento subir el veintidós. Él sigue bebiendo. Finalmente, logro apoyar el rifle en mi hombro. El venado no ha volteado más a verme. Continúa impávido, bebiendo sin prestarme la más mínima atención.

Bebe totalmente ajeno a mi rifle, al dolor, a la muerte, al instante. A mí. A todo lo que en este momento mi presencia ahí debería significar para él.

Lo tengo justo en el centro de la mira y la yema de mi índice acaricia suavemente el gatillo. Un leve jalón de mi dedo y ¡pum...!, inmediatamente lo veré abatido. Quizás se revuelque y gima de dolor durante algunos instantes, pero nada más. Sin embargo, como no dándome importancia alguna, como si mi presencia ahí en realidad no significara nada para él, el majestuoso animal levanta su cabeza de entre las aguas por enésima vez y se voltea completamente sobre sus cuatro patas para verme directo a la cara. Osa enfrentarme, aunque percibo claramente que sin ninguna intención de atacarme. Aunque tampoco de huir.

¡Pero qué bruto es este animal! —pienso otra vez.

Con absoluta precisión distingo ahora, totalmente en el centro de la mira de mi rifle, la mancha blanca que de entre el miel de su piel resalta poco arriba del medio de sus ojos: justo la frente.

Nos separan no más de seis o siete metros.

Inesperadamente siento que sudo. Que sudo aún más. Sí... tiemblo, vacilo. Él, en tanto, permanece igual. Totalmente impávido. Simplemente, como queriendo saber qué es aquello que frente a sí tiene.

Sus ojos reflejan curiosidad, y a la vez son extrañamente ingenuos. Pienso que ha de ser la primera vez que se encuentra frente a frente con un ser humano. Incluso veo que inclina su cabeza levemente hacia la derecha, como intentando  descifrar desde ese otro ángulo quién o qué soy.

Súbitamente, justo ahora que no hay más nada ni nadie entre él y yo; cuando el silencio es total, absoluto, percibo que con su ingenuo mirar y despreocupado estar, el venado me dice abiertamente que aunque él es la presa, el animal soy yo, ya que él, tranquilo, en paz, en armonía con la naturaleza, nada me hace, en tanto yo...

Sin saber a ciencia cierta si estuve a punto de ser un animal más... o un humano menos, sonrío, bajo el rifle, lo contemplo durante otro par de minutos y luego me doy media vuelta y emprendo el largo camino de regreso a casa.

De reojo veo que continúa bebiendo.


FIN

sábado, 4 de febrero de 2017

La independencia

La Independencia


Los preparativos empezaron la noche del nueve de mayo, allá, en El Tumbador, municipio de San Marcos, en la bocacosta, cuando se celebró la primera reunión de alcaldes municipales de pueblos guatemaltecos adyacentes a la frontera con México, quienes anhelaban y consideraban obtener del vecino país energía eléctrica de mejor calidad y más bajo precio que la que en ese momento obtenían de parte de las monopólicas y desastrosas empresas que prestaban el servicio en Guatemala.

El Licenciado Gabino Roquena, gobernador del Estado de Chiapas, había hecho formal ofrecimiento en cuanto a proporcionar a dichos municipios, y a cuantos más así lo desearan, energía eléctrica de calidad y en condiciones sumamente favorables, según sus palabras, amparado en el Plan Puebla Panamá que el presidente del vecino país echó a andar un par de años atrás.

Estaban en esa reunión, en carácter oficial, los alcaldes de la mayoría de municipios de San Marcos, Quiché, y Huehuetenango. En calidad de observadores, los gobernadores departamentales de esos departamentos, y como invitados especiales, diversas autoridades municipales de Tapachula, Puerto Madero y Comitán, México.

Fue el señor alcalde Ovandes quien hizo los señalamientos más fuertes en contra del servicio de energía eléctrica que recibían. Señaló, con pruebas documentadas y contundentes, las graves deficiencias que el servicio presentaba y el gran daño que causaba a la economía de su municipio. Los cortes de energía: repentinos, frecuentes y de larga duración, incluso de hasta tres o cuatro días, incidían en la pérdida por descomposición, debido al calor, de todos aquellos productos alimenticios tales como pollo, leche, pescado, carnes, helados, cremas, mantequillas y similares. Paralizando incluso las fábricas de hielo que abundaban en la región por las características propias del clima. Por supuesto, tal pésima calidad dañaba también aparatos electrodomésticos y, con ello, aún más la economía de los hogares.  

Las palabras de apoyo y solidaridad no se hicieron esperar. El señor alcalde Damante expuso, con toda claridad, la pérdida de vidas humanas, principalmente neonatos, quienes debido a la ausencia de energía eléctrica no podían aprovechar las incubadoras artesanales que frecuentemente precisaban. Además, mencionó la cuantiosa pérdida de vacunas y sueros que debían mantenerse a bajas temperaturas para su conservación.

Intervino entonces el señor alcalde Porales, quien agregó que el daño por los problemas de energía no únicamente se circunscribía a los hogares, sanatorios y clínicas privadas, sino también alcanzaba a los miles de comercios que expendían productos alimenticios y a las incipientes industrias de confección y proceso de alimentos que intentaban abrirse paso y establecerse en la región.

Fue sin embargo el alcalde Moncas quien directa y abiertamente sugirió que de una vez por todas se mandara por un tubo a la distribuidora de energía, ya que todos, desde muchos años atrás, sabían y conocían de las limitantes y pésimo servicio, así como del altísimo costo, que las citadas distribuidoras ofrecían a los municipios y habitantes de la región. Propuso, a la vez, que se hiciera algo en concreto y de una buena vez esa misma noche, en pro de la conexión eléctrica con el vecino país del Norte.

Indudablemente, otros alcaldes iban con ideas políticas aún más ambiciosas, por lo que criticaron también el abandono en que sus comunidades se encontraban respecto a escuelas, hospitales, carreteras, comunicaciones y desarrollo en general.

El alcalde Florantes se quejó del poco apoyo que recibía su gestión municipal para impulsar y desarrollar un centro de salud para su comunidad, ya que carentes a la fecha del tal, para auxiliar a sus enfermos y heridos, los habitantes tenían que recurrir a la población más cercana, distante tanto como cuarenta kilómetros en camino de tierra, lodo y piedras, sufriendo además con el consecuente desgaste del vehículo que utilizaban como empírica ambulancia. La pérdida de vidas por el tiempo empleado y lo poco transitable de la ruta alcanzaba ya cifras alarmantes.

A propósito de caminos de tierra, dijo el alcalde Gomala, nosotros hemos hecho la solicitud de asfalto para el tramo entre Coatepeque y nuestro municipio desde hace cuatro gobiernos, y nadie, absolutamente nadie, nos ha tomado en cuenta. Actualmente, para ir a Coatepeque y abastecerse de diversos productos de primera necesidad, nuestros vecinos deben circunvalar varios municipios y realizar un recorrido que toma treinta y cinco kilómetros y dos horas de camino, cuando menos. Si el tal asfalto lo hubieran puesto hace ocho años, cuando se solicitó por última vez, los estudiantes que día a día acuden a los institutos y colegios de Coatepeque podrían ahorrar, además del tiempo en viaje, cuatro o cinco quetzales diarios. Dicho ahorro, al año, significaría para los vecinos de mi municipio varias decenas de miles de quetzales.

Sí, y a nosotros tampoco se nos ha atendido ni respondido la solicitud que hicimos para un instituto de educación técnica, el cual nos prometió el presidente ese de la luna blanca, cuando vino a hacer campaña política, cerca de doce años atrás, enunció el alcalde Breñas.

Uno a uno, finalmente, todos los alcaldes manifestaron airadamente su inconformidad contra el gobierno central, yendo mucho más allá de la problemática a tratar, que en un principio era tan sólo el calamitoso servicio de energía eléctrica.

Como invitados especiales, los funcionarios ediles de las ciudades del vecino país del Norte manifestaron su solidaridad para con los veintiséis alcaldes ahí reunidos. Los gobernadores, por su parte, no podían dar crédito a lo que escuchaban. Les parecía más bien un movimiento de rebeldía hacia el gobierno central que una sencilla reunión para tratar el tema de la energía eléctrica.

Tal apreciación por parte de los gobernadores la percibieron los propios alcaldes, por lo que en aras de preservar ese espíritu de grupo nunca antes visto, y antes de que dicho fuera sofocado por alguna artimaña política, acordaron reunirse nuevamente en posterior oportunidad, con el pretexto de tratar el tema de la energía. Esa nuevas reunión se llevaría a cabo en fecha y lugar aún no determinado. Posteriormente se les notificaría.

Indiscutiblemente, quien manejaba al grupo y logró fomentar ese espíritu de unión y solidaridad entre ellos, fue el alcalde Fabian Logrado.

Logrado nació y se formó durante la época de la guerrilla que asoló la región. Desde pequeño le tocó vivir entre el zumbido de balas que disparaban viejos fusiles M-1 y mortíferas armas galil de fabricación israelí, por un lado, y potentes y amenazadores AK47 soviéticos, por otro.  

Le tocó ver cómo frente a él desfilaban cadáveres y cadáveres de conocidos y desconocidos que desaparecían con vida y aparecían sin ella, ametrallados, a bordo de palanganas de pick ups y camiones que los trasladaban desde los lugares de su muerte hasta el pueblo, ya para su identificación, ya para su sepultura, pero en todo caso, como firme muestra y mensaje de lo que le sucedía a quienes se identificaban con una novedosa forma de pensamiento social, en aquel entonces, en aquellas áreas.

Fabian Logrado también heredó de su padre, un líder revolucionario en las décadas de los cuarenta y cincuenta, el carácter indómito y las agallas necesarias para hacerle frente a cualquier adversidad. Tanto así que no en pocas oportunidades estuvo en problemas con la autoridad local, en su pueblo, durante la adolescencia. Aún ahora, Fabian Logrado era respetado, con cierto temor, tanto por sus mismos correligionarios como por el resto de vecinos en su comunidad, a pesar incluso de ser un hombre en sumo apegado al Derecho y a la ley.

No se podía rebatirle mucho pues, con la ley en su mano derecha y el conocimiento y sentido común en la izquierda, reprendía fuertemente a quienes no estaban en su línea de pensamiento social revolucionario, sin llegar a ser dogmático. Más bien su temple y tosquedad, que siempre infundían miedo, eran consecuencia del dolor que le embargaba ver a sus paisanos sumidos en la miseria económica, social, clínica y mental en que se encontraban. 

Cavilaba en el porqué de una guerra interna que durante cerca de cuarenta años asoló al país y no había logrado nada, ya que nada había cambiado. Tantas muertes, familias desgarradas, sufrimiento y dolor habían sido en vano, decía. 

No aceptaba las drásticas diferencias que existían entre esas miles de gentes que habitaban los municipios, aldeas y fincas de la región y las otras, quienes nunca aparecían por dichas áreas y que, probablemente, ni siquiera habrían de saber que aquellas existían.

La gente de su pueblo se moría por un simple catarro, una gripe o una diarrea y nadie parecía poder hacer algo al respecto y ponerle fin de una buena vez.

Logrado viajaba todas las semanas a la ciudad capital para hacer gestiones y trámites en pro de su municipio ante el Congreso, el Presidente de la República, embajadas y organismos internacionales. Anhelaba para su pueblo un hospital, una ambulancia, escuelas y sanatorios para las aldeas, personal para que los atendieran y vacunas, médicos y demás.

Siempre regresaba con ofrecimientos formales de parte del gobierno; sin embargo, con el correr del tiempo, se había dado cuenta de que quedaban sólo en ello: ofrecimientos.

Eran los organismos internacionales quienes le ayudaban, sin embargo, también el trámite para canalizar la ayuda hasta su comunidad muchas resultaba engorroso, dificultoso, y no pocas veces, sujeto a mala práctica o corrupción por parte de los propios funcionarios de gobierno.

Ese enorme cúmulo de problemas, angustias y necesidades le hacían soñar frecuentemente con un municipio en el que abundara tanto la educación que no hubiera nadie sin ostentar diploma de bachiller; en el que la salud fuere cual peste cubriendo a todo mundo; en el que los niños fueran niños y no adultos chiquitos; en el que hombres y mujeres vivieran realmente como seres humanos.

Debido a ello, cuando Fabian Logrado se enteró de esa reunión de alcaldes, no pudo disimular su alegría y entusiasmo, ya que con ella se le presentaba la oportunidad que anhelaba para crear el movimiento social que anhelaba.

Fue en febrero de ese mismo año cuando recibió de parte del gobernador del Estado de Chiapas la invitación para participar en la mesa redonda que trataría acerca de los beneficios que podían obtener los nuevos clientes del sector eléctrico de México, comprendidos dentro del Plan Puebla Panamá. Dicha mesa redonda se llevaría a cabo durante la Feria Internacional de Tapachula, a celebrarse en el mes de marzo.

En esa ocasión, Logrado tuvo la oportunidad de estrechar lazos de amistad, y criterio político en particular, con Moncas, Gomala, Florantes y Breñas.

Los cinco alcaldes continuaron reuniéndose con regular frecuencia y cierta discreción en pro de un proyecto político de enormes dimensiones y trascendencia para el área. Insospechado por completo para el resto de políticos y autoridades del país.

Para lograr llevar a cabo su plan, Logrado y sus correligionarios debían contar con el apoyo de cuando menos otros ocho alcaldes de los departamentos de Quetzaltenango y Retalhuleu, específicamente.

Con tal propósito, en ocasión de las ferias patronales de sus respectivos municipios, invitaban a los alcaldes de diversos municipios de esos departamentos. Durante las mismas, evaluaban la probable disponibilidad de sus invitados para adherirse a ellos en su secreto proyecto político en ciernes.

En el salón municipal, precisamente el día de la santa patrona del pueblo, Logrado pudo contar con dos nuevos aliados a su proyecto. Ambos de Quetzaltenango.

El playas de Tilapa, frente al océano Pacífico, una lluviosa tarde de domingo tuvo la oportunidad de adherir a su proyecto a otros tres alcaldes. Dos de Retalhuleu y uno más de Quetzaltenango. Gomala y Breñas los habrían convencido previo de participar con ellos en el Plan Occidental, como empezaron a llamar al secreto proyecto.

Justo tres días antes de la reunión en El Tumbador, el 9 de mayo, Logrado reunió al equipo completo de correligionarios, alcaldes todos, y les presentó con detalle el proyecto completo. Eran en total dieciséis, incluyendo a Logrado, los que se reunieron.

En aquel lugar, secreto aún hoy, se comprometieron a trabajar en pro de un proyecto separatista de la región territorial formada por los departamentos de San Marcos, Huehuetenango, Quiche, Quetzaltenango y Retalhuleu, con el propósito de formar un nuevo país, completamente independiente de Guatemala, México o cualquier otro.

Su intención era crear un nuevo país de esa parte del territorio Guatemala, separado y ajeno, tanto en lo político como en lo social, lo económico, lo militar y lo gubernamental.

Llevaría por nombre La Prosperidad, y como primer paso para su formación redactarían una constitución política que rigiera las funciones del nuevo gobierno. Para el efecto, tomaron como base la de Guatemala, salvo por siete artículos completos que fueron eliminados y otros cuatro en los que únicamente se cambiaron ciertas palabras que daban lugar a confusión en su interpretación. El resto, simplemente fue sometido a una rigurosa revisión gramatical.

La gran diferencia, aseveraba Logrado, no estaría en la constitución propiamente, sino en su verdadera aplicación, ya que de nada serviría tener una mil veces mejor si no se aplicaba correctamente.

De tal suerte, ese 9 de mayo, allá en El Tumbador, empezó la labor de concienciar a los otros alcaldes respecto a la indiferencia con que eran tratados por el gobierno central, preparándolos así, para posteriormente ofrecerles la solución a todos los problemas que sus comunidades afrontaban. 

La siguiente reunión se celebró a los pocos días, durante el mes de junio, en las playas de Puerto Madero, y a ella se invitó única y exclusivamente a aquellos alcaldes y personalidades que habían dado muestras de ser proclives a un proyecto tan audaz. De tales dimensiones y envergadura política.

Para agosto de ese mismo año, Logrado contaba ya entre sus filas con 46 alcaldes del occidente del país. Todos totalmente dispuestos a afrontar hasta las últimas consecuencias su ansiado proyecto separatista que daría vida a La Prosperidad.

Finalmente, luego de 16 meses desde aquella primera reunión en Tapachula, y cuando las copiosas lluvias del invierno más castigaban la región, Logrado y sus correligionarios, que para entonces ya alcanzaban cerca de 125 entre alcaldes, gobernadores departamentales, secretarios y uno que otro diputado y particulares muy bien escogidos, organizaron las acciones necesarias para emancipar la región occidental y proclamar así su posición independista respecto del gobierno de Guatemala.    

Con el apoyo de gentes de confianza, empezaron a regar la buena nueva, la cual corrió como pólvora dentro de sus comunidades, pero sin salirse de su cause. En pocos días, miles de conciudadanos occidentales estaban preparados para instalar sendas barricadas y destruir puentes para impedir la esperada  movilización de tropas hacia la región. Se solicitó, días antes, la presencia de la ONU, MINUGUA, OEA y la prensa internacional en lo que serían los nuevos límites fronterizos que demarcaban.

Logrado, Moncas y Breñas, en compañía de las cámaras de los principales noticieros del mundo, previa concertación, se acercaron al entonces Presidente de la República para entregarle el manifiesto de separación y a la vez constitución de la nueva república de La Prosperidad.  

Cuando finalmente la noticia fue de dominio público, los nervios y la agitación social parecían estallar. A ambos lados del nuevo límite fronterizo, millares de guatemaltecos esperaban las órdenes del presidente a través de la cadena nacional de radio y televisión que se esperaba a los pocos minutos u horas de recibir aquel manifiesto, ya para atacar, ya para defenderse según el bando a que cada cual pertenecía.

En los cuarteles y bases militares sonaban los tambores de guerra con un intenso clamor. Tanques y carros blindados salían de dichas instalaciones en dirección al occidente del país. Aviones de combate de la fuerza aérea sobrevolaban la ciudad de Guatemala y desaparecían en los alrededores de los volcanes de Agua y Fuego, en dirección hacia México.

La totalidad de tiendas, mercados, almacenes y centros de comercio cerraron sus puertas a pesar del abarrotamiento de personas en búsqueda de víveres ante el inminente estallido social.

A los pocos minutos el país quedó sumido en un silencio absoluto. Nadie en las calles. Todo despejado, por completo. Únicamente se desplazaban por las principales arterias vehículos verde olivo de los cuarteles ubicados en la ciudad.

Se intuía, eso sí, consultas por parte del Presidente con otros Estados de la comunidad internacional y seguramente con los Estados Unidos para saber si ese grupo de ciudadanos del occidente del país contaba con algún apoyo desde el extranjero.

Se rumoreaba que el Presidente se encontraba ya en Retalhuleu negociando una rendición sin violencia mientras otros argumentaban que había renunciado ante la enorme presión. No pocos, sin embargo, conjeturaban que se encontraba organizando un férreo y mortal ataque militar en contra de los sublevados.

Finalmente, luego de varias horas de angustiosa espera, el señor Presidente Constitucional de la República de Guatemala apareció ante las cámaras de televisión nacional, que bien pudo haber sido mundial por la magnitud y envergadura del evento, y calmo y pausado, anunció:

“Estimados conciudadanos, como ya es de dominio público, un grupo de respetables vecinos provenientes del occidente del país, en representación, según documentos oficiales, de 87 alcaldes, se presentaron el día de hoy en el despacho presidencial para manifestarme mediante un acta signada por la totalidad de dichos alcaldes su definitiva decisión de separarse totalmente de la gestión de gobierno que ejerzo y obtener a la vez su independencia respecto de la República de Guatemala, formando un nuevo país que llaman La Prosperidad.

En mi calidad de gobernante – continuó su discurso – no me dejan otra opción más que declararles en este preciso instante mi más profundo respeto y admiración por tan valiente decisión. Sin embargo, me veo en la necesidad de establecer que, como condición previa a otorgarles el beneplácito de mi gobierno, incluyan en su movimiento independista a los departamentos de Totonicapán, Sololá, Alta Verapaz, Baja Verapaz y Chimaltenango; y a la vez, desistan de incorporar al departamento de Retalhuleu. Otorgándoles para el efecto de tal reorganización hasta un máximo de nueve meses, que son los que me quedan de gestión presidencial. Cuando ustedes cumplan, si lo hacen, lo cual esperamos y ansiamos, a partir de ese momento los departamentos de Quetzaltenango, San Marcos, Huehuetenango, Totonicapán, Quiché, Alta y Baja Verapaz, Sololá y Chimaltenango obtendrán su independencia y por lo tanto podrán formar el nuevo país La Prosperidad, sin incluir, como ya señalé, a Retalhuleu. Sigan adelante, y que Dios los bendiga.



FIN  

sábado, 7 de enero de 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL DESEO DE NAVIDAD

EL DESEO DE NAVIDAD
¡Está bien, lo haremos! —respondió finalmente, aunque muy quedo y con un enorme nudo en la garganta, conteniendo apenas las lágrimas, don Juan, ante la insistencia e inocente algarabía de los pequeños Javier y Elisa esa tarde del 24 de diciembre por apresurarse a hacer aún el nacimiento, justo en el rincón de la sala de la casa, para recibir al Niño Jesús durante la noche de Navidad, tal como antes lo habían hecho, cuando su mamá vivía.
Sin embargo, para él, esta navidad era totalmente distinta. 

Por mucho que se había esforzado por animarse e infundir en sus hijos el espíritu navideño e ir al mercado y conseguir algunas uvas y manzanas, así como un pollo y algunas papas que él mismo cocinaría para sus pequeños hijos, en tanto también cuidaba de la apenas bebé, María, la inminente llegada de la cohetería, las luces y la misa del Gallo, pero sobre todo, de las marmóreas ausencias de la inquieta sonrisa y los presurosos pasos de Ana así como de los aromas de las esquisitas viandas que solía cocinar para la cena de navidad, se arremolinaban ahora en su mente, en sus pensamientos, en ese nudo en su garganta, sin saber a ciencia cierta qué hacer, menos aún, cómo ocultarlo a los niños.

Los pequeños, dada su corta edad, y luego de cerca de seis meses de la pérdida de su madre en el momento del parto de María, al parecer sentían más entusiasmo por revivir lo que recordaban de la navidad con ella, quizá incluso que estaría de vuelta, a sentir tristeza alguna por su ausencia. De cierto modo, don Juan, según él mismo creía, había logrado que el enorme peso de dicha ausencia no fuera tan lacerante para ellos.

Sin embargo, en ese instante, se debatía entre vivir la alegría de los niños o el tormento de la ausencia de quien fuera su golondrina, como cariñosamente llamaba a Ana. Por fortuna, en algún momento de luz, reflexionó: la navidad es para los niños. Con lo que recogió los ánimos desperdigados sobre el piso y se predispuso para, otra vez, asumir su responsabilidad de padre e intentar hacerlo con el rol de madre.

Con la pequeña María acurrucada en sus brazos, se levantó de la silla en el cuarto donde descansaba y se asomó a la sala, donde con cierto entusiasmo pidió a Javier, quien llegaba  ya a los ocho años de edad, que sacará de entre el armario el pequeño portabebé de mano; y a la pequeña, Elisa, quien apenas cumplió 5 en octubre, algunas colchas. Pondrían a María envuelta entre las chamarras en el portabebé de madera que él mismo había hecho desde cuando Javier estaba por nacer, para tenerla a su lado en tanto ellos hacían el nacimiento para el niño Jesús.

Javier, educado por su padre desde muy pequeño en los oficios de la carpintería y la mecánica, era un niño avezado y muy independiente. Elisa, en tanto, con largos rulos de cabellos dorados cayendo sobre sus colorados cachetes, era toda una princesa que con sus ojitos diáfanos aún pregunta por su mamá.

Él mismo llevó poco después hasta la sala la enorme caja de cartón que contenía lo necesario para armar el nacimiento. Pronto, las cajas pequeñas, que contenían aserrines y papeles de distintos colores, musgo, trozos de vidrio, algunos cuantos pequeños muñecos y, claro, el pesebre y los demás adornos, inundaban la sala rodeando a la pequeña María, quien inocente, dormía plácida entre su diminuto aparejo.

El más activo era Javier, pues una vez la caja grande estuvo vacía, él mismo, y solo, la volteó, la puso en la esquina y le tendió encima el manto, tal como hacía su madre, para construir sobre él, el nacimiento. Sin embargo, dado el avance de la tarde, noche casi, y que aún no cocinaba el pollo y las papas para la cena, don Juan lo instó en ese momento a hacer solo la mitad del nacimiento que hacían cuando ella dirigía, y llevaba, la batuta.

Previendo que accidentalmente podrían lastimar a María con algún movimiento, don Juan levantó el pequeño portabebé y lo llevó hacia el otro rincón. A dos o tres metros de donde ellos empezaban la faena.

A pesar que cada detalle que construían del nacimiento les recordaba a Ana, fuera porque alguno de los dos decía que así era como ella lo hacía, o no lo hacía, padre e hijo se entretenían, aunque sin dejar de observar a Elisa y María, máxime porque según la mayor, se dedicaba mejor ahora al cuidado de la bebé. Su hermanita. Aunque a cada instante se levantaba de su lado, se acercaba a ellos, tomaba algo de entre las cajas y el revoltijo de cosas y piezas, y se retiraba nuevamente a cuidar a su hermanita.

El río y los dos lagos simulados con aserrín de color azul, con sus vidrios encima, quedaron al lado derecho, y el camino de los pastorcitos, trazado con pequeñas piedrecitas, subía desde izquierda.  El pesebre lo colocaron justo en la parte más alta, donde mejor se apreciaba, rodeado de musgo. Un volcán hacia izquierda y luego un puente.  Dado que en esta ocasión era de menor tamaño, empezaron a sobrar piezas, sin embargo, cuando quisieron colocar al buey y la mula, no los encontraron.

Pero, sí me acuerdo que los saqué, decía don Juan. En tanto Javier decía que él no se recordaba de haberlos visto.

De pronto, al unísono, ambos advirtieron que probablemente Elisa los había tomado, con lo que se levantaron de sus lugares, pero al momento de voltear a verla, ella no estaba al lado de María. La bebé estaba sola, tan profundamente dormida como la habían visto minutos antes.

Don Juan y Javier se vieron mutuamente, preguntándose a la vez dónde estaba María. En el mismo instante que escucharon ruidos que salían desde la habitación principal. De inmediato se dirigieron hacia ahí.

En la habitación, sobre la cabecera de la cama, estaba puesta la estrella de Belén. El buey y la mula, cada uno en una de las pequeñas mesas de noche a los costados de la cama, y sobre el piso, uno detrás de otro, en camino desde la puerta hacia la cama, los Tres reyes Magos. Todo dispuesto tal cual Ana, su mamá, lo hacía en el nacimiento del niño Jesús.

—Yo quiero que mi mami nazca otra vez. —Decía la pequeña niña entre sollozos.
FIN

sábado, 15 de octubre de 2016

Gratuito en PDF

En apoyo a la página fb/propuesta: Movimiento Mundial por la Paz, he decidido compartir de manera libre y gratuita el libro de mi autoría, El Hombre Tetrarmónico, el cual pregona la necesidad de despertar conciencia en nosotros, como seres humanos, acerca de PAS: paz, armonía y solidaridad, para asegurar, más allá de la convivencia armónica, la supervivencia misma de la humanidad en el planeta.




Quienes deseen recibirlo en formato pdf, simplemente escribanme un mensaje y con gusto se los envío a su correo electrónico.

Está disponible en: elhombretetrarmonico.blogspot.com

lunes, 22 de febrero de 2016

Microcuento

Ella era una hormiga.
Él, un oso hormiguero.