miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL DESEO DE NAVIDAD

EL DESEO DE NAVIDAD
¡Está bien, lo haremos! —respondió finalmente, aunque muy quedo y con un enorme nudo en la garganta, conteniendo apenas las lágrimas, don Juan, ante la insistencia e inocente algarabía de los pequeños Javier y Elisa esa tarde del 24 de diciembre por apresurarse a hacer aún el nacimiento, justo en el rincón de la sala de la casa, para recibir al Niño Jesús durante la noche de Navidad, tal como antes lo habían hecho, cuando su mamá vivía.
Sin embargo, para él, esta navidad era totalmente distinta. 

Por mucho que se había esforzado por animarse e infundir en sus hijos el espíritu navideño e ir al mercado y conseguir algunas uvas y manzanas, así como un pollo y algunas papas que él mismo cocinaría para sus pequeños hijos, en tanto también cuidaba de la apenas bebé, María, la inminente llegada de la cohetería, las luces y la misa del Gallo, pero sobre todo, de las marmóreas ausencias de la inquieta sonrisa y los presurosos pasos de Ana así como de los aromas de las esquisitas viandas que solía cocinar para la cena de navidad, se arremolinaban ahora en su mente, en sus pensamientos, en ese nudo en su garganta, sin saber a ciencia cierta qué hacer, menos aún, cómo ocultarlo a los niños.

Los pequeños, dada su corta edad, y luego de cerca de seis meses de la pérdida de su madre en el momento del parto de María, al parecer sentían más entusiasmo por revivir lo que recordaban de la navidad con ella, quizá incluso que estaría de vuelta, a sentir tristeza alguna por su ausencia. De cierto modo, don Juan, según él mismo creía, había logrado que el enorme peso de dicha ausencia no fuera tan lacerante para ellos.

Sin embargo, en ese instante, se debatía entre vivir la alegría de los niños o el tormento de la ausencia de quien fuera su golondrina, como cariñosamente llamaba a Ana. Por fortuna, en algún momento de luz, reflexionó: la navidad es para los niños. Con lo que recogió los ánimos desperdigados sobre el piso y se predispuso para, otra vez, asumir su responsabilidad de padre e intentar hacerlo con el rol de madre.

Con la pequeña María acurrucada en sus brazos, se levantó de la silla en el cuarto donde descansaba y se asomó a la sala, donde con cierto entusiasmo pidió a Javier, quien llegaba  ya a los ocho años de edad, que sacará de entre el armario el pequeño portabebé de mano; y a la pequeña, Elisa, quien apenas cumplió 5 en octubre, algunas colchas. Pondrían a María envuelta entre las chamarras en el portabebé de madera que él mismo había hecho desde cuando Javier estaba por nacer, para tenerla a su lado en tanto ellos hacían el nacimiento para el niño Jesús.

Javier, educado por su padre desde muy pequeño en los oficios de la carpintería y la mecánica, era un niño avezado y muy independiente. Elisa, en tanto, con largos rulos de cabellos dorados cayendo sobre sus colorados cachetes, era toda una princesa que con sus ojitos diáfanos aún pregunta por su mamá.

Él mismo llevó poco después hasta la sala la enorme caja de cartón que contenía lo necesario para armar el nacimiento. Pronto, las cajas pequeñas, que contenían aserrines y papeles de distintos colores, musgo, trozos de vidrio, algunos cuantos pequeños muñecos y, claro, el pesebre y los demás adornos, inundaban la sala rodeando a la pequeña María, quien inocente, dormía plácida entre su diminuto aparejo.

El más activo era Javier, pues una vez la caja grande estuvo vacía, él mismo, y solo, la volteó, la puso en la esquina y le tendió encima el manto, tal como hacía su madre, para construir sobre él, el nacimiento. Sin embargo, dado el avance de la tarde, noche casi, y que aún no cocinaba el pollo y las papas para la cena, don Juan lo instó en ese momento a hacer solo la mitad del nacimiento que hacían cuando ella dirigía, y llevaba, la batuta.

Previendo que accidentalmente podrían lastimar a María con algún movimiento, don Juan levantó el pequeño portabebé y lo llevó hacia el otro rincón. A dos o tres metros de donde ellos empezaban la faena.

A pesar que cada detalle que construían del nacimiento les recordaba a Ana, fuera porque alguno de los dos decía que así era como ella lo hacía, o no lo hacía, padre e hijo se entretenían, aunque sin dejar de observar a Elisa y María, máxime porque según la mayor, se dedicaba mejor ahora al cuidado de la bebé. Su hermanita. Aunque a cada instante se levantaba de su lado, se acercaba a ellos, tomaba algo de entre las cajas y el revoltijo de cosas y piezas, y se retiraba nuevamente a cuidar a su hermanita.

El río y los dos lagos simulados con aserrín de color azul, con sus vidrios encima, quedaron al lado derecho, y el camino de los pastorcitos, trazado con pequeñas piedrecitas, subía desde izquierda.  El pesebre lo colocaron justo en la parte más alta, donde mejor se apreciaba, rodeado de musgo. Un volcán hacia izquierda y luego un puente.  Dado que en esta ocasión era de menor tamaño, empezaron a sobrar piezas, sin embargo, cuando quisieron colocar al buey y la mula, no los encontraron.

Pero, sí me acuerdo que los saqué, decía don Juan. En tanto Javier decía que él no se recordaba de haberlos visto.

De pronto, al unísono, ambos advirtieron que probablemente Elisa los había tomado, con lo que se levantaron de sus lugares, pero al momento de voltear a verla, ella no estaba al lado de María. La bebé estaba sola, tan profundamente dormida como la habían visto minutos antes.

Don Juan y Javier se vieron mutuamente, preguntándose a la vez dónde estaba María. En el mismo instante que escucharon ruidos que salían desde la habitación principal. De inmediato se dirigieron hacia ahí.

En la habitación, sobre la cabecera de la cama, estaba puesta la estrella de Belén. El buey y la mula, cada uno en una de las pequeñas mesas de noche a los costados de la cama, y sobre el piso, uno detrás de otro, en camino desde la puerta hacia la cama, los Tres reyes Magos. Todo dispuesto tal cual Ana, su mamá, lo hacía en el nacimiento del niño Jesús.

—Yo quiero que mi mami nazca otra vez. —Decía la pequeña niña entre sollozos.
FIN

sábado, 15 de octubre de 2016

Gratuito en PDF

En apoyo a la página fb/propuesta: Movimiento Mundial por la Paz, he decidido compartir de manera libre y gratuita el libro de mi autoría, El Hombre Tetrarmónico, el cual pregona la necesidad de despertar conciencia en nosotros, como seres humanos, acerca de PAS: paz, armonía y solidaridad, para asegurar, más allá de la convivencia armónica, la supervivencia misma de la humanidad en el planeta.




Quienes deseen recibirlo en formato pdf, simplemente escribanme un mensaje y con gusto se los envío a su correo electrónico.

Está disponible en: elhombretetrarmonico.blogspot.com

lunes, 22 de febrero de 2016

Microcuento

Ella era una hormiga.
Él, un oso hormiguero.