sábado, 11 de enero de 2014

El Estrecho de La Plegaria

Apenas 50 años atrás, a principios de este siglo, existía entre las dos grandes regiones de América, justo donde actualmente se encuentra el estrecho de La Plegaria, una angosta franja de tierra llamada entonces Centro América. Ésta, unía lo que hoy conocemos como los Estados Unidos Sudamericanos con los Estados Unidos del Norte. También se le conocía como el istmo centroamericano.
Una frágil franja de tierra acosada desde el Este por el océano Atlántico, que en ese entonces se encontraba aproximadamente doce metros arriba del océano Pacífico, al Oeste, comprendía desde lo que hoy conocemos como el puerto de Guatemala, al Sur de los Estados Unidos del Norte, hasta el Norte de los Estados Unidos Sudamericanos, a la orilla de lo que es el estado de Colombia.
El Puerto de Guatemala, como bien sabemos, está asentado en las inmediaciones de lo que en aquel entonces era una de las cabeceras departamentales de la extinta República de Guatemala: la ciudad de Santa Cruz del Quiché. Y en el otro extremo, al Sur del estrecho, a la orilla de los Estados Unidos Sudamericanos, están asentados el puerto de Quibdo, otrora importante puerto fluvial de Colombia y ahora totalmente marítimo, y el puerto de Córdova, que es relativamente nuevo, dado que surgió a raíz del cataclismo que borró a la región centroamericana del mapa.
Centro América, como ustedes saben, se encuentra hoy bajo el agua, pero miles de años atrás fue cuna de la desaparecida e impresionante civilización maya; posteriormente, desde el descubrimiento de América por parte de Colón, hasta apenas 50 años atrás, albergue de 6 pequeños países: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Todos ellos, a excepción de Guatemala, fueron totalmente cubiertos por las aguas de ambos océanos. De Guatemala aún queda una pequeña parte. La región de las altas montañas entonces. Y es la que actualmente ocupa el puerto y las otras pequeñas islas que le rodean y conforman el Estado de Guatemala, tal como lo conocemos hoy día.
El estrecho fue bautizado así, La Plegaria, con el propósito de que la humanidad recuerde constante y perennemente su propia insignificancia y pequeñez ante los designios de Dios y las fuerzas de la naturaleza.
En esa región, durante muchos años, se estudió, analizó, comprendió y finalmente se aceptó la inminencia de una catástrofe telúrica de insospechadas destrucción y consecuencias, debido a la conjunción de placas tectónicas en su subsuelo. Sin embargo, nada se hizo al respecto en su momento. Nadie se ocupó en tomar verdadera responsabilidad sobre el asunto.
Bajo el suelo centroamericano, específicamente bajo el país guatemalteco, se encontraban, y por supuesto, aún se encuentran ahí, las fallas geológicas que dividían o partían en grandes bloques el continente.
Una de esas fallas, la proveniente desde el Caribé, ingresaba a suelo guatemalteco a través del valle del Motagua y se adentraba en el país hasta sus extremos, pasando por entre la sierra Madre y los altos Cuchumatanes, hasta llegar a territorio mexicano, donde a inmediaciones de Juchitán, justo sobre el golfo de Tehuantepec, ingresaba al océano Pacífico para unirse con otra gran falla tectónica que recorre desde el extremo sur, en la Patagonia chilena, hasta Alaska, toda la costa del continente sobre el océano.
Y justo ahí, sobre el golfo de Tehuantepec, la convergencia de esas fallas formaba la punta Noroeste de la placa tectónica del Caribe, la cual coqueteaba, por así decir, con otra placa de similar tamaño ubicada junto a ella, la de Cocos; pero, a la vez, ambas, de menor tamaño, estaban sometidas a la enorme presión que constantemente ejercían las enormes placas de Norteamérica, de Sudamérica, la de Nazca e incluso la descomunal del Pacífico.
En medio de esa sutil pero constante efervescencia telúrica, se encontraba asentada la mayor parte del territorio guatemalteco, justo sobre la parte Norte de la placa del Caribe, aunque toda Centroamérica, entera, también se ubicaba sobre dicha placa. Sin embargo, Oaxaca y sus alrededores, en suelo mexicano, se ubicaban ya sobre la punta Sur de otra placa, la de Norteamérica: Colombia por su parte, se encontraba mayoritariamente sobre la parte Norte de la gran placa de Sudamérica.
Los estudiosos y científicos de la época establecieron que un desplazamiento de cualquiera de las 2 grandes placas en dirección hacia la del Caribe provocaría el hundimiento de la región centroamericana. De ser la de Norteamérica, el hundimiento sería mayor en el golfo de Tehuantepec y disminuiría conforme se desplazara hacia el Sur, hacia la parte Norte de Colombia o las inmediaciones de Panamá. Y de ser la Sudamericana, el hundimiento sería mayor en Panamá y disminuiría conforme se desplazara hacia el Norte.
Pronto los científicos advirtieron que el movimiento de la placa de Norteamérica era inminente, y descartaron por completo cualquier movimiento de la placa Sudamericana.
A esa conclusión llegaron a finales del siglo pasado, allá por 1997; sin embargo, debido a factores políticos y económicos, nadie hizo algo al respecto. Particularmente porque en ese entonces existía interés de parte de las grandes potencias mundiales por instaurar un nuevo canal que dejara al de Panamá simplemente como otra opción para atravesar de un océano a otro, pues pronto el pequeño país centroamericano recuperaría la propiedad y potestad del mismo de acuerdo con los acuerdos Torrijos - Carter.
La geografía actual demuestra cómo las predicciones resultaron acertadas. Vemos que las tierras bajas del territorio comprendido entre el golfo de Tehuantepec y el resto de lo que fue Centroamérica desaparecieron por completo bajo las aguas de los dos océanos, quedando tan sólo las cimas de las altas montañas del Sur de México y de Guatemala, y los conos de algunos volcanes, dando forma a una que otra isla dispersa en el vasto territorio.
En el otro extremo, donde el hundimiento fue menor, como consecuencia del desplazamiento de la placa de Norteamérica sobre la del Caribe, la ciudad de Panamá quedó apenas entre 3 y 7 metros bajo el agua. Similar profundidad que ahora tienen las costas de Colombia, salvo en los puertos mencionados, donde con ayuda de rompeolas y dragados se ha logrado reconstruir el puerto de Quibdo, aunque ahora totalmente marítimo, y el nuevo, de Córdova.
A principios de siglo, como siempre lo había sido, Guatemala y El Salvador eran las regiones telúricas más sensibles del territorio, pues en el resto de Centroamérica los volcanes eran menos, más pequeños y poco violentos, por lo que no temblaba con la misma frecuencia. Quizá por ello los habitantes de esa región restante fueron los más sorprendidos con el fenómeno natural.
Varios sismos sensibles e infinidad de insensibles precedieron la debacle a lo largo de casi tres meses. Sin embargo, a pesar incluso de una reciente experiencia de terremoto en ambos países pocos años antes, un enjambre sísmico como ese que se dio entre enero, febrero y marzo de aquel año, no inquieto a los habitantes más allá de lo que la costumbre exigía.
Se anunció, eso sí, de parte de los respectivos gobiernos, tanto por prensa como por radio y televisión, sobre las precauciones que debían tomarse, y efectivamente, algunos las tomaron. Incluso hubo quienes se trasladaron a campos abiertos para pasar las noches, rehuyeron de sus responsabilidades laborales diurnas y no pocas escuelas e institutos suspendieron clases hasta nueva orden. Sin embargo, no fue un pánico generalizado. La sociedad, la mayoría, continuó con sus labores cotidianas: trabajaban, universitarios y estudiantes de colegios privados asistían a clases, oficinas de gobierno atendían regularmente, no se suspendió la juerga de los viernes e incluso algunos bares de moda en la época lanzaron bebidas con sugestivos nombres tales como El Temblor, El Sismo, El Remezón, etc en clara alusión al largo fenómeno ya que asediaba la región.
Y así como empezó aquella cadena de sismos: en 56 días, 37 superiores a los 4 grados Richter, 7 arriba de los 5 grados, 4 de entre 6 y 7, y casi cuatro mil menores de 3 grados, insensibles muchísimos de ellos, la actividad telúrica finalmente desapareció. El último de ellos, sensible, fue la noche del 23 de marzo.
A los pocos días, la cotidianidad volvió a su completa normalidad. La semana Santa, el feriado vacacional más largo y disfrutado por las mayorías en la región, ayudó a los pobladores a olvidarse por completo del asunto. Playas de lagos, ríos y océanos fueron abarrotadas por multitudes que, seguramente, aunque inconscientemente, se distraían después de aquellos largos días de aparente calma.
Hacia finales de abril, luego del largo feriado y habiendo retomado cada cual su ritmo dentro del engranaje social, la vida en los países del istmo centroamericano transcurría sin penas ni preocupaciones para los cerca de 30 millones que entonces lo habitaban.
No sucedía lo mismo en las oficinas del instituto geofísico de la NASA ni en la Fundación Henry.
En ambas, sin coordinación alguna entre ellas, existía profunda preocupación por los sismos recién registrados en Centro América, máxime por el movimiento que las placas habían registrado, ya que a pesar de tratarse de pocos centímetros, marcaba una tendencia totalmente inusual, nunca antes vista en los registros telúricos desde que se contaba con aparatos electrónicos supersensibles y ubicados estratégicamente alrededor del globo terráqueo.
Dichos registros, en ambas instituciones, coincidían claramente con los modelos matemáticos que utilizaron años atrás para predecir hundimientos.
La información indicaba que el cataclismo era asunto de pocos días. Sin embargo, lo novel de los aparatos y el relativamente escaso conocimiento al respecto daba lugar a una enorme duda. Era imposible, efectivamente, decir o vaticinar cuándo. Únicamente podían asegurar, con absoluta certeza, que el cataclismo era inminente: en los próximos dos meses, o dos años.
No debe haber sido fácil en aquel entonces llamar por teléfono al Presidente de los Estados Unidos, el hombre más poderoso del planeta entonces, y decirle: señor, Centro América desaparecerá en los próximos meses. Mucho menos hacerlo del conocimiento público. Sin duda alguna, se instauraría una debacle, previo a la verdadera. De haberla.
Finalmente, a mediados de mayo, fue la Fundación Henry la que concertó a los presidentes del G-7 –los países poderosos entonces – a una reunión urgente de carácter ultra secreto para informarles acerca del inminente futuro de la pequeña región centroamericana.
Dicha reunión se llevó a cabo en la discreta ciudad de Oslo, en Noruega, el 26 de mayo. A fin de no llamar la atención ni despertar suspicacias, se acordó hacerla en un hangar especialmente acondicionado para el efecto dentro del mismísimo aeropuerto internacional Oslo – Gardermoen.
Como resultado de esa reunión se acordó convocar inmediatamente a los presidentes centroamericanos por el Presidente de los Estados Unidos para informarles y echar a andar planes de movilización masiva que permitieran, en un muy breve plazo, trasladar a las poblaciones más propensas y necesitadas hacia regiones más seguras. La convocatoria a dichos presidentes, considerada de urgencia humanitaria, se fijó para el 4 de junio.
A principios de ese mes, pocos días después de la reunión en Oslo, en tierras centroamericanas habitaban alrededor de 28 millones de almas entre niños, ancianos, mujeres y hombres, quienes la oscura noche del día 3 de ese mismo mes se acostaron a dormir sin siquiera saber o pensar que la más inimaginable de sus pesadillas sería toda una realidad cuando el reloj marcara justo las 3 horas con 33 minutos de la madrugada del día 4 de junio.
Todo transcurrió con total normalidad la noche de ese martes. No había temblado, caían las primeras lluvias de la época y el cielo permanecía nublado. La televisión transmitía su programación regular y, salvo por la repentina partida de los presidentes del área hacia los Estados Unidos en vuelo de las 6 de la tarde de ese martes, no había ninguna novedad que presagiara los eventos que estaban por suscitarse. Inclusive los volcanes perennemente activos permanecían entonces tranquilos, quietos, indiferentes. Las aguas sulfurosas que abundaban en las cercanías del lago de Amatitlán y en Quetzaltenango, en Guatemala, no presentaron anormalidad alguna.
En las inmediaciones del golfo de Tehuantepec, punto neurálgico de los acontecimientos por suscitarse, tampoco se detectó actividad anormal alguna. Mucho menos en el otro extremo. En el Darien, donde rebotó el fenómeno telúrico.
Todos dormían.
Primero se dejó sentir un fuerte movimiento hacia abajo. Como en los aviones cuando ingresan en una corriente de aire frío; como cuando lo cargan a uno y luego lo tiran a una poza o una piscina. Quizá más bien como si alguien les hubiera quitado intempestivamente la cama. Sí, así. Como un sentón, un bajón. Quizá de un metro o metro y medio, tal vez dos. Lo cierto es que, según contaron uno que otro sobrevivientes, los perros empezaron a ladrar frenéticamente y casi la totalidad de las construcciones se desplomaron inmediatamente, sin siquiera dar tiempo a levantarse de la cama. Las ciudades quedaron a oscuras y sumidas entre un lastimero gemido y un desgarrador silencio. En ese primer movimiento, se estima, perdieron la vida bajo los escombros cerca de 16 millones de personas, de las áreas urbanas.
Aeropuertos, carreteras, líneas férreas así como todos los otros medios de comunicación: teléfono, radio, internet, celulares y demás colapsaron inmediatamente, con lo cual el rescate de heridos desde territorios mexicano y colombiano fue imposible.
Además, para los mismos escasos supervivientes resultaba imposible ayudar a otros, pues temblaba sin cesar y huían despavoridos sin saber hacia dónde, pues no había sitio seguro alguno. Algunos trataron de refugiarse en las montañas; sin embargo, ahí también se abría la tierra, gigantescos árboles caían o desaparecían tragados por la misma tierra, al igual que cerros y montañas enteras, ante la mirada atónita de las gentes. Cuando no el mismo suelo era el que se abría bajo sus pies y las entrañas los tragaban. La tierra serpenteaba frenéticamente de arriba abajo. De pronto, la calma volvió.
Una calma tensa, indescriptible. Un breve momento en que las gentes que sobrevivieron empezaron a darse cuenta de la magnitud del desastre. De que estaban solas. De que no había ya más familiares a la par o cerca siquiera. Tampoco otros sobrevivientes. La mayoría habían muerto.
En el ambiente empezaban a flotar olores nauseabundos, mezcla de sangre y carnes, gases, vapores y aguas hirviendo que empezaban a brotar desde el mismísimo suelo. Se empezaba a sentir frío, pero sobre todo, miedo, pánico ante la aparente inminencia de nuevos movimientos. Y sí, así fue. Tan pronto como la calma había aparecido, así, intempestivamente, nuevos sismos y fortísimas trepidaciones hicieron olvidar cualquier hambre, frío o sed, incluso el pánico mismo, pues la única opción era correr, correr y correr, escapar, aunque no había sitio seguro alguno y seguían desapareciendo succionados por las entrañas mismas de la tierra.
Se estima que cinco millones de personas murieron durante las siguientes tres horas al sismo inicial, tanto como consecuencia de heridas mortales como del miedo mismo. Del pánico.
Finalmente amanecía.
Los pocos supervivientes entonces, habitantes de las montañas en su mayoría, no daban crédito a lo que paulatinamente la luz del sol les develaba. Las aguas habían subido de nivel y a la distancia observaban que cubrían lo que apenas horas antes eran fértiles campos. Los ríos, contrario a sus cursos naturales, ahora corrían de regreso sobre sus lechos. Del suelo, de grietas enormes, brotaba a borbotones agua. Agua hirviendo en algunos casos, salada en otros. Lodo, mucho lodo cubría ya las grandes extensiones.
Al segundo día de desatarse aquella furia terrestre ya no había personas con vida en la región. Salvo algunas sobre las cimas de volcanes y montañas del occidente guatemalteco, quienes fueron precisamente los que relataron alguna vez el horror vivido.
Quienes sobrevolaron el área desde aeropuertos cercanos, tanto de México como de Colombia, contaron que vieron aún las enormes extensiones de tierra cubriéndose de agua. El océano Atlántico entraba impetuoso en las plantaciones de plátano y haciendas ganaderas; las olas, que fácilmente alcanzaban los 70 u 80 metros de altura, arrasaban con todo a su paso. La explosión de los volcanes, particularmente el Pacaya, el de Fuego y el Santiaguito, aunque también el Tajumulco y el Tecuamburro, que despertaron luego de siglos durmiendo, lanzaban sendos chorros de candente lava a miles de metros de altura. El panorama desde ahí, desde la ventanilla de los aviones, avionetas y helicópteros que acudieron con la intención de ayudar, era devastador.
Al tercer día ya no se divisaba en absoluto tierra donde habían estado los países bajos del área. Desde las montañas de Quiché, aproximadamente, hasta las montañas de Colombia, todo era agua ahora.
Finalmente, jóvenes, al cuarto día la región estaba como ustedes la conocen hoy día. Simplemente, como el estrecho de La Plegaria. Como si nada hubiera sucedido. Como si nunca hubieran estado ahí esos casi 30 millones de almas.
Fueron borrados por completo de la faz de la tierra siglos enteros, milenios. Milenios de historia, de amor, de trabajo. Milenios de manos sacras que cultivaron esas tierras, de rostros enjutos que contemplaron caídas de sol, de vetustos ranchos de palma que cobijaron el amor de millones, de bosques de pinos y encinos que alborotaron los sentidos.
Todo, todo, absolutamente todo lo que en ellas hubo, desapareció. Y quizá nunca, jamás, volverá a existir en ese lugar.
Y hoy, estimados alumnos, hemos resucitado tal catástrofe de la historia de la humanidad con el propósito de que los habitantes de la fastuosa ciudad de Los Ángeles no olviden que dicha está asentada sobre fallas geológicas idénticas a las que hicieron sucumbir Centro América, apenas 50 años atrás.
Buenas tardes, y nos vemos mañana nuevamente en este salón.
FIN

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