jueves, 4 de diciembre de 2014

El Certamen Desierto

(Premio Único de Cuento, de Fundación Myrna Mack, Guatemala, 2004)


Mi alegría fue enorme aquella mañana cuando en el periódico por fin leía el titular de la anhelada convocatoria.

Una prestigiosa fundación velante de los derechos humanos en mi país anunciaba la apertura de recepción de propuestas para participar en su enésimo certamen literario.

Yo había decidido desde mucho tiempo atrás que participaría en dicho certamen; sólo me encontraba a la espera de esa publicación precisamente, dado que informaba acerca del tema que regiría en esa oportunidad.

Con el entusiasmo por las nubes terminé de leer apresuradamente el anuncio y luego lo recorté y lo guardé.

Cuando al cabo de unas cuantas noches me sentaba tranquilamente frente a la máquina para escribir mi propuesta, busqué aquel recorte de periódico que cuidadosamente había guardado entre la gaveta de mi escritorio. No fue sino hasta ese momento, cuando lo leía nuevamente, despacio, que tuve clara conciencia de cuál era el tema que regiría para el certamen: La justicia. La justicia pronta y cumplida. En ese mismo momento la cara debe habérseme alargado y los ojos casi salido de su órbita, pues, confieso, no sabía de qué me estaban hablando. –¡La justicia pronta y cumplida! ¿Qué es eso? ¿A quién se le habrá ocurrido semejante tema? – me preguntaba a sí mismo. En lo absoluto sabía yo algo al respecto. Me era un tema totalmente desconocido.

Recuerdo que busqué y rebusqué entre mis recuerdos más lejanos y remotos algún pasaje, alguna aventura, anécdota, algún artículo periodístico o algo, lo que fuera, que tuviera relación con la justicia pronta y cumplida. Nada. No encontré absolutamente nada. Me dediqué entonces a hurgar entre mis libros. Revisé todos y de cuanto género encontraba en mi biblioteca; incluso entre los viejos baúles que años antes habían pertenecido al pedagogo de la familia: mi abuelo paterno. Igual, nada. En ninguno de ellos se hacía mención alguna a la justicia pronta y cumplida.

Siendo yo el escritor en la familia, el culto, por así decir, sentí no poca vergüenza cuando durante los siguientes días decidí exhibir abiertamente mi ignorancia y acercarme a algunos familiares para indagar con relación al famoso tema. A pesar de la vergüenza que creí estar pasando, cuando terminé de conversar con ellos, mi orgullo continuaba incólume ya que ninguno tenía la más remota idea acerca de qué era eso de justicia pronta y cumplida. Salí victorioso, aunque vencido por dentro. – Cuán ignorantes somos todos – pensé.

Mi angustia acrecentaba por la proximidad de la fecha de cierre para recibir las propuestas; me atormentaba aún más pensar que seguramente la mía sería la única que haría falta entre aquel buzón. Dada mi angustia por un lado y mi entusiasmo por el otro, decidí sacrificar mi vanidad y orgullo de sabelotodo y acudí entonces a mis amigos; a los más nobles y humildes, por supuesto.

Inmediatamente me comuniqué con los elegidos y les propuse reunirnos en un popular café de las inmediaciones. Sí, en grupo, así la demostración de mi ignorancia sería menos evidente; incluso procuraría que fuera una reunión lo más trivial posible. Nos bastaron no más de treinta minutos para concluir que nadie de nosotros sabía con certeza de qué se trataba ese asunto de justicia pronta y cumplida. Luego, entre cafés y champurradas, nuestra conversación derivó hacia temas intrascendentes. Finalmente, esa tarde reconfirmé que después de todo no era tan ignorante como me lo temía tres horas antes. Cuando menos, no más ignorante que aquellos.

Sin embargo, el verdadero problema no se había resuelto. Yo aún debía escribir aquella pieza literaria. Mi entusiasmo se conservaba intacto. Esa noche, ya entre mis chamarras, le daba vueltas al asunto de uno y otro modo. De pronto, e inesperadamente, se me ocurrió acudir al párroco de mi iglesia. Quizá él tendría la luz, el conocimiento para contestar mis preguntas y dilucidar todas mis dudas con relación a la justicia pronta y cumplida. Así, al día siguiente, a las nueve de la mañana en punto, me encontraba sentado frente al bonachón Padre Pepito.

Le expuse mi inquietud; sin embargo, su explicación pausada y la relación que del tema empezó a hacer con la venida al mundo de Nuestro Señor, me confundía totalmente, por lo que preferí no continuar escuchándole y prácticamente huí de su pequeña oficina.

El cierre de recepción de propuestas, según la nota de prensa que ahora ya mantenía pegada sobre mi máquina de escribir, era en tres días, y yo no había logrado conocer tan siquiera una pelusa con relación a la justicia pronta y cumplida. –Vaya temita – principié a reclamar para mis adentros. Gradualmente aceptaba que en mi país: la justicia pronta y cumplida, era un tema completamente desconocido; o cuando menos, nosotros, los comunes, lo ignorábamos totalmente.

Cavilaba en mis asuntos cuando de pronto apareció en mis pensamientos Roberto. Un viejo amigo que, según recordé en ese momento, había tenido un problema con juzgados y tribunales por un accidente en automóvil algunos años atrás. Indudablemente, él tenía experiencia en el asunto ese de la justicia.

Inmediatamente le llamé por teléfono. Cuando a mi pregunta inicial de cómo estaba con aquel asunto contestó que la siguiente semana cumpliría ocho años del accidente y que aún no resolvía absolutamente nada; y que además, se encontraba desempleado pues sus jefes se habían hastiado de tanto permiso en su trabajo para ir y venir a tribunales, audiencias, reconstrucción de hechos y otros trámites, comprendí que quizá me había equivocado. Sin embargo, luego de su queja, me aclaró que eso era lo normal en los tribunales: meses y meses, años y años, y nada. Cuando finalmente, al cabo de unos cuantos minutos pude preguntarle acerca de la justicia pronta y cumplida, él se quedó pensativo un rato, y al poco confesó – No vos. No sé nada de eso. Pero busca a algún preso. Ellos tal vez sepan qué es. – Fue su postrera recomendación.
No pareciéndome tan descabellada su sugerencia, al día siguiente acudí a la granja penal de la costa, pues confiaba con que allá sería más fácil entrevistarme con algún presidiario. Luego de desembolsar algunos cuantos no pocos quetzales para un guardia que me conseguiría la entrevista, Chojoco, el preso 1271, se encontraba frente a mí tras una liviana malla de alambre.

Intentado ser lo más ameno y cauto posible con mis palabras y con mis gestos, inicié la conversación. Chojoco solamente escuchaba. Sus ojos delataban suma ansiedad, como queriendo llegar rápidamente al meollo del asunto. Cuando terminé de explicarle el motivo de mi visita, su cara inquisitiva, ansiosa, pasó a ser una cara de desilusión, de tristeza. Rompió a llorar con mucho dolor. Entre sus lágrimas y los ahogos que tenía por el llanto logró decirme más o menos que él había creído que yo llegaba para ayudarlo, pues llevaba ya dos años y medio ahí dentro y ni siquiera lo había condenado algún juez. Aún esperaba sentencia. Se le acusaba, según dijo, de portar un costal con marihuana, sin embargo, me juró y perjuró que en el costal que llevaba cuando la policía lo detuvo, solamente había chilca, ya que una de sus tías se encontraba enferma, allá, en la aldea de San Jerónimo; sin embargo, como no pudo dar los treinta quetzales que le exigían de mordida, lo acusaron de narcotraficante. Tuve que hacer sumo esfuerzo para no llorar a la par de aquel hombre, pues sentí que me había hablado con el corazón.

Prometiéndole toda clase de ayuda en su caso, me despedí tan pronto como pude.

En el camino, de regreso y con los ánimos por completo estropajeados, decidí que iría donde un juez, tanto para averiguar del tema de la justicia pronta y cumplida como para averiguar si en realidad podía ayudar a Chojoco. Al filo de las dos y media de la tarde del día siguiente llegué a un juzgado de paz con la intención de entrevistarme con el juez.

A los pocos minutos de mi llegada me encontraba en un pequeño despacho en el que el misterio y lo lúgubre rebosaban. Sentado, esperaba a que el Licenciado, como le llamó su secretaria, apareciera en el umbral de la puerta.

Cuando finalmente apareció aquel señor, luego del saludo y la presentación de rigor, le planteé mi duda directamente, sin siquiera hacerle mención acerca del certamen literario. Él, luego de escucharme durante unos breves segundos con señas claras de impaciencia, me interrumpió en indeterminado momento y dijo: –Mire señor, en verdad me gustaría ayudarlo con eso que dice de... ¿Cómo dijo que era? –Justicia. Justicia pronta y cumplida, señor Juez. –Ah, sí, disculpe, es que suenan tan rimbombantes esas palabras que poco se entienden. Pero bien, como le decía, realmente ignoro por completo de qué me está usted hablando. Ahora, si me da un mes o mes y medio más o menos, tal vez pueda yo revisar o preguntarle a mi secretaria si hemos recibido alguna circular u oficio al respecto acá en el despacho. ¿Qué dice? ¿Se lo buscamos? –Pues la verdad, no, señor Juez, ya que me urge para mañana mismo; pero bueno, qué le vamos a hacer. De cualquier manera, le agradezco su fineza y amabilidad, señor Juez. En ese momento aproveché también para exponerle el caso de Chojoco y, a la vez, solicitarle alguna sugerencia para cumplir con mi promesa a aquél. –No se preocupe, amigo, ni pierda su tiempo. Lo más probable es que ese delincuente lo haya engatusado a usted con mentiras y lágrimas. Olvídelo. – Terminando de decir esas palabras, tal si dictara sentencia, se levantó de su sillón y me extendió su mano, no dejándome más opción que darle las gracias por nada y marcharme.

Si los ánimos los llevaba bajos cuando llegué, cuando salí no los tenía en absoluto. Caminando cabizbajo por la banqueta atiborrada de vendedores, vi que entre ellos había varios que vendían libritos que versan acerca de las leyes del país: que el Código de Comercio, que la Ley del IVA, que el IETAAP, etc. Su presencia me hizo recuperar la ilusión de por fin encontrar algo relacionado con la justicia pronta y cumplida. –Ey, vos ¿tenés algún libro de esos que sea de la justicia pronta y cumplida? – pregunté al paisano que atendía un puesto. –Cómo dice que dijo, don – –Justicia pronta y cumplida, vos. A ver, miremos entre estos – le dije en tanto husmeaba entre todos aquellos libros y librejos.

Luego de revisar durante algunos minutos todos los títulos que ofrecía, acepté que no había nada acerca de justicia pronta y cumplida.

Triste. Muy triste en realidad, me alejé de aquella venta improvisada. Me dirigí por sobre la avenida hacia el estacionamiento público donde había dejado mi auto. El viento que corría desde el Norte arrastraba consigo el olor a diesel de las camionetas. El frío y la algarabía del fin de la jornada, a las cinco de la tarde, contrastaban con la tristeza que dentro llevaba al aceptar finalmente que no podría participar en aquel certamen ni ayudar a Chojoco.

Esa noche, ya entre mis cobijas, inesperadamente una lágrima rodó por sobre mi mejilla. No sé si brotó de dentro de mí o de mi alma, lo cierto es que esa era la señal inequívoca de mi rendición ante aquella convocatoria anhelada. Me dolía pensar que quizás yo era el único que corría sin suerte en este país, dado que seguramente varios de los escritores “del círculo” ya habrían depositado sus propuestas entre aquel buzón.

El día siguiente transcurrió con una normalidad inusitada, entre mis faenas y mis afanes, revisando esto y componiendo aquello. Era el último día para la recepción de propuestas.

A los pocos días leí nuevamente en el periódico acerca de aquel certamen literario. La publicación de los primeros lugares, pensé en un inicio, no sin algo de envidia; sin embargo, conforme fui leyendo, con gran emoción vi que decía que el certamen se había declarado desierto ya que nadie, en ninguno de los distintos géneros literarios para los que se había convocado, había participado.

No se había recibido una sola propuesta.

¡Recáspita! ¿Y ahora? – me pregunté, envuelto en una nube de satisfacción, inquietud y duda. Al pie del anuncio se indicaba que próximamente se estaría dando a conocer un nuevo tema para el certamen, ya que el de “Justicia Pronta y Cumplida”, según reclamaron muchos escritores deseosos de participar, les había resultado totalmente desconocido.

FIN

NOTA Esta propuesta alcanzó el Premio Único de Cuento de la Fundación Myrna Mack, en el año 2004, en ciudad Guatemala.

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