_Chiles rellenos, huevos duros, gallina, pacayas envueltas ¿qué va a querer don? Seño, ¿le dejo su pollo frito? Tortillas con chorizo, con longaniza..._ El pregón de la aventura culinaria en la estación del tren, en Cocales, era amplio y diverso, tanto como urgente, pues a pesar que en la estación previa, en Escuintla, el osado menú era similar, en ese momento no tronaban aún las tripas como ahora, en esta estación, una hora después. La señora, de amplias dimensiones, con el enorme canasto a la cabeza, uno más en el brazo derecho y el recipiente con fresco de piña en el izquierdo, se bamboleaba en el corredor central del vagón tal si el tren estuviera en marcha. Claro, cuando la demanda excedía, asomaba su cabeza a la ventana y gritaba: nena, chiles, chiles. Y de inmediato la nena se asomaba a la ventana entregando el inventario necesario. De igual manera, las nesbits, las arcicolas y las delaware, las ofrecía el don que caminaba de ida y vuelta al lado de los vagones....
Buenos días, princesa. Te escribo porque quiero agradecerte este fantastico domingo a tu lado. Gracias. Recorrer tomados de la mano las calles empedradas de San Pedro en tanto disfrutábamos aquel helado que te teñía de fresa los labios y yo me deleitaba limpiándolos con los míos ha sido increíble, aunque también cuando tu hermoso vestido de algodón blanco y sin fín de margaritas colores mandarina y verde flotaba al viento, y una y otra vez, entre risas y sonrisas, tropezábamos en aquel sinuoso callejón de piedras , entre paredes blancas y amarillas y hermosas ventanas con geranios y pelargonias que casí cobraba vida con esa alegría nuestra, con tus carcajadas y con el vuelo nervioso de los colibries picando las bouganvilias bajo el sol de la media tarde que nos envolvía, y que de a poco nos llevó a la fuente del parque, donde luego nos empapamos lanzándonos sus frescas aguas con nuestras manos en tanto corriamos a su rededor. Inolvidable. Gracias. Tu sonrisa y nuestros besos...
Abrazos en el alma para toda esa gente que vive el adiós de los seres queridos; pero también, y doble, para los otros, los que se van. Sí, para esa gente que de a poco se nos va, se nos escurre entre risas y llantos, se nos escapa entre alegrias y tristezas, entre olvido y alzheimer; entre miradas y preguntas que quisieramos no ver ni escuchar jamás, entre palabras que hieren y heridas mudas, entre demencia senil que apaga luces y baja el telón de esta obra de teatro llamada vida, cuando de comedia pasa a tragedia. Y a ti, con tu cabecita de rayos de plata y sonrisa de niña que ya no me viste, un abrazo hasta el cielo.
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